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Esta guerra no comenz贸 hace un mes

Por Dalia Hatuqa / Periodista independiente especialista en asuntos de Palestina e Israel / The New York Times / Getty Images /

La vida normal en Ramala 鈥攃iudad de Cisjordania a la que se le conoce por su poblaci贸n joven y su vida nocturna animada鈥 est谩 paralizada desde hace un mes.

Desde los atentados mort铆feros de Ham谩s del 7 de octubre, las fuerzas israel铆es han lanzado numerosas redadas en Cisjordania y han detenido a personas con distintos tipos de perfiles: estudiantes, activistas, periodistas, incluso personas que publican en internet su apoyo a Gaza.

Los ataques a茅reos y con aviones no tripulados han dejado casas y calles en escombros, varios campos de refugiados han sido objetivos y casi destruyen la mezquita Al-Ansar.

Han bombardeado la ciudad de Yen铆n y el mes pasado, las fuerzas israel铆es destruyeron el monumento conmemorativo de Shireen Abu Akleh, periodista de Al Jazeera, en el lugar donde muri贸 mientras informaba hace m谩s de un a帽o.

Mientras tanto, un consejo de asentamiento ha estado repartiendo cientos de fusiles de asalto a escuadrones civiles en los asentamientos del norte de Cisjordania, como parte de un esfuerzo m谩s generalizado del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, quien tambi茅n es colono, para armar a los grupos civiles tras los atentados del 7 de octubre.

Hasta ahora, el ministerio ha comprado 10.000 fusiles de asalto para este tipo de grupos en todo el pa铆s. Es parte de la atm贸sfera de violencia creciente que ha dejado, desde el 7 de octubre, un saldo de m谩s de 130 palestinos muertos en Cisjordania.

Este tipo de violencia sistem谩tica no es nada nuevo para los palestinos.

Para muchos, dentro y fuera de esta guerra, la brutalidad de los ataques de Ham谩s del 7 de octubre era impensable, como lo ha sido la escala y la ferocidad de las represalias de Israel.

Pero, durante generaciones, los palestinos han sido objeto de un flujo constante de violencia insondable, as铆 como de la progresiva anexi贸n de sus tierras por parte de Israel y los colonos israel铆es.

Si queremos que la gente entienda el conflicto m谩s reciente y vea una ruta a seguir para todos, tenemos que ser m谩s honestos, matizados y exhaustivos sobre las 煤ltimas d茅cadas de historia en Gaza, Israel y Cisjordania, en particular sobre el impacto que tienen la ocupaci贸n y la violencia en los palestinos.

Esta historia se mide en d茅cadas, no en semanas; no es una guerra, sino un continuo de destrucci贸n, venganza y trauma.

Desde la Nakba de 1948 鈥攅n la que aldeas palestinas enteras fueron borradas del mapa y se estableci贸 el Estado moderno de Israel鈥, los palestinos han soportado un sometimiento que ha definido su vida cotidiana. Llevamos d茅cadas sufriendo la ocupaci贸n militar de Israel, as铆 como una sucesi贸n de invasiones y guerras mort铆feras.

Las guerras de 1967 y 1973 contribuyeron a configurar la geograf铆a y geopol铆tica modernas de la zona, con millones de palestinos en gran parte ap谩tridas divididos entre Gaza y Cisjordania. En Gaza, a menudo denominada la mayor prisi贸n al aire libre del mundo, a los palestinos se les proh铆be entrar o irse, excepto en circunstancias incre铆blemente extraordinarias.

Esta historia ha estado ausente de gran parte del discurso que rodea la guerra entre Israel y Ham谩s, como si los ataques del 7 de octubre fueran completamente arbitrarios. La verdad es que, incluso en tiempos de relativa paz, los palestinos son ciudadanos de segunda clase en Israel, si es que acaso se les considera ciudadanos.

Seg煤n la legislaci贸n israel铆, los palestinos no tienen derecho a la autodeterminaci贸n nacional, que est谩 reservada para los ciudadanos jud铆os del Estado.

Diversas leyes restringen el derecho de circulaci贸n de los palestinos, por lo que regulan todo, desde d贸nde pueden vivir hasta qu茅 identificaciones personales pueden tener o si pueden o no visitar a sus familiares en otros lugares.

El 芦derecho al retorno禄 鈥攅l derecho de los palestinos y sus descendientes a regresar a las aldeas de las que fueron expulsados como v铆ctimas de limpieza 茅tnica durante la guerra de 1948鈥 es fundamental para la perspectiva pol铆tica de muchos palestinos porque muchos siguen siendo, legalmente, refugiados.

En Gaza, por ejemplo, aproximadamente dos tercios de la poblaci贸n son refugiados. Este estatus no es una abstracci贸n; lo dicta todo, desde d贸nde vive la gente hasta d贸nde estudia o a qu茅 m茅dicos consulta.

Muchos gazat铆es tienen padres y abuelos que crecieron a pocos kil贸metros de donde viven actualmente, en zonas a las que ahora, por supuesto, tienen prohibida la entrada.

A煤n evocan recuerdos de su infancia o adolescencia, cuando paseaban por los huertos de c铆tricos de Yaffa o los campos de olivos de Qumya; este 煤ltimo, al igual que muchos pueblos cuyos habitantes fueron expulsados a Gaza durante la guerra de 1948, se transform贸 m谩s tarde en un kibutz.

En los 煤ltimos 75 a帽os, ha habido periodos de mayor cooperaci贸n entre israel铆es y palestinos. Pero normalmente han estado precedidos por 茅pocas de mayor conflicto, como la primera y la segunda intifadas, o revueltas populares.

Las intifadas, en las que los palestinos participaron en una resistencia a gran escala, a veces civil y a veces violenta, a menudo son retratadas por los medios de comunicaci贸n occidentales como estallidos aleatorios o indiscriminados de salvajismo asesino, como ha sido el caso de los atentados del 7 de octubre. Pero esa violencia no se produjo de la nada.

Las duras condiciones que enfrentan las comunidades palestinas 鈥攊ncluido el control cada vez m谩s estricto de la vida cotidiana mediante redadas nocturnas violentas, detenciones, puestos de control militares y la construcci贸n de asentamientos ilegales israel铆es鈥 fueron el tel贸n de fondo de estos estallidos.

Por desgracia, desde un punto de vista hist贸rico, estos actos de violencia parecen ser lo 煤nico que ha movido la aguja en el 谩mbito pol铆tico para los palestinos.

La muerte y la destrucci贸n que los palestinos hemos presenciado y soportado de manera colectiva han prolongado nuestro trauma generacional. Incluso antes de este conflicto, el trastorno por estr茅s postraum谩tico era com煤n en los hogares palestinos, al igual que la depresi贸n.

Al ser una poblaci贸n joven, los ni帽os son los m谩s afectados por el r茅gimen militar de Israel: muchos son arrebatados por la noche de sus camas o de los brazos de sus madres, golpeados y encarcelados tras ser juzgados arbitrariamente en tribunales militares. A otros les disparan y los dejan paral铆ticos, cuando no los matan.

En Gaza, estas v铆ctimas pr谩cticamente no tienen ninguna posibilidad legal de recurrir a los tribunales de parte del Estado israel铆.

Durante los 16 a帽os de asedio a Gaza, los administradores israel铆es han controlado el acceso a la electricidad, los alimentos y el agua, y en un momento dado determinaron el n煤mero de calor铆as que los gazat铆es pod铆an consumir antes de caer en la desnutrici贸n.

Tambi茅n han permitido que Gaza y los territorios ocupados sirvan de laboratorios para las tan alabadas empresas tecnol贸gicas de seguridad israel铆es. Muchas personas de Gaza se han arriesgado a emprender el peligroso viaje a trav茅s del Mediterr谩neo para salir de ah铆, solo para morir en el camino.

Con Gaza sellada desde hace 16 a帽os y Cisjordania contenida en gran medida por la violencia de los colonos y el ej茅rcito, Israel ha podido mantener su ocupaci贸n de manera indefinida.

Los espasmos peri贸dicos de violencia 鈥攃omo los ataques ocasionales de peque帽os grupos o lobos solitarios y las descargas de misiles鈥 refuerzan la justificaci贸n del Estado para controlar a largo plazo a los palestinos y las tierras palestinas.

A lo largo de los a帽os, el primer ministro israel铆, Benjam铆n Netanyahu, y sus asesores han dejado muy claro que un Estado palestino independiente y soberano no est谩 sobre la mesa de negociaciones.

Tampoco lo est谩 la posibilidad de conceder a los palestinos los derechos de los que gozan los israel铆es. As铆 pues, el statu quo de ocupaci贸n sin fin 鈥攜 los ciclos regulares de violencia鈥 se han normalizado, y la comunidad internacional parece no querer o no poder pedir cuentas al gobierno de Israel.

Los atentados del 7 de octubre acabaron con esa situaci贸n. La naturaleza insostenible de la ocupaci贸n qued贸 a la vista de todos, al igual que la imposibilidad de gobernar dos pueblos privilegiando a uno sobre el otro.

Se avecinan d铆as oscuros, eso lo sabemos. Tras haber vivido guerras, invasiones y bombardeos, nos hemos acostumbrado a esperar lo peor.

En Cisjordania, la moral est谩 baja en las calles silenciosas. Las cadenas de noticias 谩rabes por sat茅lite, que emiten las 24 horas del d铆a, son el ruido de fondo de la vida cotidiana. Reproducen un flujo constante de im谩genes y videos horribles: todos impactantes, pero no sin precedentes.

Un sentimiento de impotencia impregna las ciudades y los pueblos de Cisjordania mientras vemos c贸mo cada vez m谩s compatriotas palestinos pierden la vida, m谩s de 11.100 seg煤n el Ministerio de Salud de Gaza.

Las autoridades israel铆es han propuesto empujar a la poblaci贸n de Gaza hacia el desierto egipcio del Sina铆, lo que los convertir铆a en refugiados al doble o al triple, y tal vez llevar el proyecto de asentamiento israel铆 a una nueva fase m谩s expansiva.

En Cisjordania, miramos a nuestro alrededor y nos preguntamos: 驴podr铆a pasar aqu铆? 驴Ya est谩 pasando?

Lo m谩s probable es que cualquier tipo de futuro compartido est茅 m谩s lejos de lo que estaba hace un mes. Pero los palestinos ya lo sab铆an.

驴Se consideraba paz el d铆a anterior a los ataques de Ham谩s? Quiz谩 para los israel铆es s铆, pero para los palestinos no.

(Los comentarios, art铆culos de opini贸n, de testimonio o de formaci贸n espiritual, as铆 como las informaciones que reproducimos de otros medios, sean noticias o debates, son propios de las personas que los escriben y no necesariamente representan el pensamiento de este medio).

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