FORMACI√ďN

Como honrar al ministro de Dios

Por Don Basham / Vino Nuevo /

La mayor√≠a de los cristianos tienen una idea distorsionada  del ministerio. No logran ver al ministro como ser humano, ni aprecian sus circunstancias como tal.

La tendencia es espe¬≠rar que el ministro sea un ¬ęsuperhombre espiri¬≠tual¬Ľ sin problemas propios y para enfocar el punto de vista de este art√≠culo, creen que √©l y su familia est√°n misteriosamente eximidos de la cruda realidad econ√≥mica que encaran otras familias; como si el billete del ministro pudiese comprar cinco veces m√°s que el del di√°cono.

Mis a√Īos como pastor denominacional confirman este triste cuadro. Despu√©s de haber cursado ocho a√Īos de universidad, varios del seminario y con dos t√≠tulos profesionales, acept√© un pastorado en Washington, D.C. con un salario que despu√©s de las deducciones me dejaba con $75 a la sema¬≠na. Si bien la casa pastoral era muy c√≥moda, el estado econ√≥mico de nuestra familia de cinco personas, no era el mejor.

Al t√©rmino de mi primer a√Īo de ministerio, la iglesia hab√≠a experimentado cierto crecimiento num√©rico y ten√≠a un balance saludable en el ban¬≠co, de manera que el comit√© de finanzas recomen¬≠d√≥ a la junta oficial de la iglesia que se me elevara el salario por a√Īo.

Du¬≠rante la discusi√≥n del asunto, se me pidi√≥ que me retirara a otra habitaci√≥n. Llevaba puesto mi me¬≠jor traje, el de predicar, el mismo que hab√≠a usado hac√≠a ocho a√Īos, para casarme. Ese y otro traje m√°s eran todos los que ten√≠a. Los zapatos (el √ļni¬≠co par bueno que pose√≠a) me hab√≠an sido obse¬≠quiados hac√≠a seis meses por un miembro de la iglesia que era polic√≠a en la Casa Blanca. Le ha¬≠b√≠an dado un par extra para una funci√≥n especial y luego de usarlos, me los hab√≠a regalado.

Estaba sentado allí con mi viejo traje y mi par de zapatos regalados, escuchando a través de la delgada pared, la acalorada discusión que se lleva­ba a cabo en el cuarto contiguo.

Uno de los ancia­nos de la iglesia se oponía rotundamente a que se me aumentara el salario, porque eso haría que yo estuviese ganando casi tanto como él, quien era un ven­dedor en una tienda de ropa.

El aumento final¬≠mente fue aprobado a pesar de sus objeciones, pero encontr√© que me era dif√≠cil mantener una buena actitud pastoral hacia ese hombre, en los a√Īos siguientes.

La actitud de ese desdichado anciano, es m√°s com√ļn entre los creyentes de lo que se quiere admitir por lo general.

Cristianos buenos y cari¬≠√Īosos con deseos de obedecer al Se√Īor en todas las cosas, se aferran todav√≠a a la idea que los mi¬≠nistros realmente no requieren tanto dinero como la dem√°s gente y que un pastor verdaderamente dedicado no debiera esperar prosperar.

 Para ellos, el pasaje familiar que dice ¬ęAmado, ruego que seas prosperado en todo  y que tengas buena salud ‚Ķ ¬Ľ es para todos, menos para los ministros.

Así que, el tema de honrar a los ministros de Dios es -lo admitimos- muy sensitivo, tal vez espe­cialmente para mí que soy ministro.

Pero ya que mi sostenimiento en estos días viene como escri­tor y editor, puedo reclamar objetividad parcial y con este artículo pensar como tal y no como ministro.

La pregunta b√°sica a la que queremos respon¬≠der es esta: ¬ŅQu√© espera Dios de su pueblo en cuanto a honrar a sus ministros y de qu√© manera podemos nosotros cumplir esa expectativa?

Nues¬≠tra actuaci√≥n es estorbada por una tradici√≥n anti¬≠b√≠blica, por una complicada y falsa distinci√≥n en¬≠tre las vocaciones sagradas y seculares, pero tambi√©n por a√Īe¬≠jos prejuicios religiosos que asumen que un mi¬≠nistro no puede ser espiritual y prosperar al mismo tiempo.

Para ser santo tiene que ser pobre. ¬ŅDe qu√© otra forma podr√≠amos aceptar tan f√°cil¬≠mente que un hombre de negocios o un atleta profesional ganen una determinada cantidad de dinero al a√Īo y reaccio¬≠nar con sorpresa que un pastor pueda ganar una d√©cima parte de eso?

Y, ¬Ņpor qu√© admiramos a un joven ingeniero reci√©n graduado que avance r√°pi¬≠damente a un buen salario, pero reaccio¬≠namos cr√≠ticamente si o√≠mos que alg√ļn ministro en particular recibe una compensaci√≥n compara¬≠ble?

Estas reacciones indican claramente, que nuestros puntos de vista del ministro y del minis­terio se derivan de una perspectiva mundana y no de Dios.

Pero hasta que no aprendamos que hon­rar al ministro es la forma bíblica que Dios ha ordenado para honrarle a él, nuestra relación con Dios o con sus ministros, no será tan enriquecedo­ra o fructífera como debiera.

Lo que dicen las Escrituras con respecto a honrar a los ministerios de Dios

 Las Escrituras revelan claramente la manera en que Dios ve este asunto de honrar al ministerio. La perspectiva b√≠blica se puede resumir en los si¬≠guientes cinco puntos:

1) ¬ęHonrar¬Ľ incluye el principio de la bendi¬≠ci√≥n econ√≥mica.

Esta verdad debiera ser muy evidente, pero pa¬≠ra satisfacer a aquellos que tienen la tendencia de ¬ęhonrar¬Ľ a su ministro en todas las formas menos en lo econ√≥mico, citamos a 1 Timoteo 5: 17-18.

Que los ancianos que gobiernan bien sean con¬≠siderados dignos de doble honor, particularmente los que trabajan con af√°n predicando y ense√Īando.

Porque la Escritura dice: ¬ęNo pondr√°s bozal al buey cuando est√° trillando, y El obrero es dig¬≠no de su salario¬Ľ.

Cuando leemos los vers√≠culos juntos, es obvio que el ¬ęhonor¬Ľ del que habla el vers√≠culo 17, es la recompensa material o ¬ęsalario¬Ľ mencionado en el 18.

Cuando Dios espera que sus ministros sean honrados confía en que serán bendecidos material y económicamente.

2) Para dar honor a Dios tenemos que dar ho­nor a sus ministros.

Desde el d√≠a en que Abraham pag√≥ sus diezmos al sacerdote Melquisedec (Gen. 14: 18-20), Dios ha ordenado que el sostenimiento del sacerdocio sea provisto de los diezmos y las ofrendas que el pueblo da para honrarlo a √Čl. En sus instrucciones para Aar√≥n, cabeza del sacerdocio lev√≠tico, Dios dice:

¬Ľ ‚Ķ Todas las ofrendas sagradas que los israeli¬≠tas me hacen, te las doy a ti y a tus hijos co¬≠mo parte que les corresponde. Tambi√©n les doy los primeros frutos que los israelitas me traen cada a√Īo: lo mejor del vino y del trigo. Igualmente los primeros frutos de las cose¬≠chas que ellos me ofrecen, ser√°n para ti ‚Ķ ¬Ľ (N√ļmeros 18:8,12,13 V.P.)

Ya que Dios mismo no cambia cheques ni usa dinero, los diezmos (primeros frutos) que le ofre¬≠cemos para honrarlo a √Čl, pueden en la realidad, ser dados √ļnicamente a sus sacerdotes y minis¬≠tros. (Las ofrendas adem√°s de los diezmos, pueden ser designadas a muchas otras benevolencias dig¬≠nas).

Así que, para honrar a Dios con nuestros diezmos, tenemos que honrar a sus ministros. Dicho a la inversa, dejar de honrar a los ministros de Dios (es decir, dejar de diezmar) es deshonrar a Dios.

¬ŅRobar√° el hombre a Dios? Pues vosotros me hab√©is robado. Y dijisteis: ¬ŅEn qu√© te hemos robado (deshonrado)? En vuestros diezmos y ofrendas.

Traed todos los diezmos al alfol√≠ y haya alimento en mi casa (o provisi√≥n para los sacer¬≠dotes de Dios) ‚Ķ (Mal. 3:8,10).

3) Los ministros que ense√Īan y predican la Pa¬≠labra de Dios deben ser estimados y honrados do¬≠blemente.

La referencia al ¬ędoble honor¬Ľ que se mencio¬≠na en 1 Timoteo 5: 17, no es para discriminar, sino para indicar la suprema importancia del ministerio de la Palabra de Dios.

Todos los ministerios deben ser honrados, pero el ministerio de ense√Īar y pre¬≠dicar la Palabra de Dios, merece un doble honor. Con un √©nfasis extraordinario las Escrituras reve¬≠lan que el Se√Īor da prioridad superior al ministe¬≠rio de su Palabra.

Los ministros deben notar con cuidado que con el aumento del honor, viene tam¬≠bi√©n un aumento de la responsabilidad. ¬ęMucho se demandar√° de todo aquel a quien mucho se ha dado ‚Ķ ¬Ľ (Lucas 12:48).

4) Ya que, ante Dios, se da al sacerdocio o al ministerio tan alta prioridad, quien recibe ministe­rio queda claramente en deuda con quien ministra.

Esta gran prioridad que Dios da al sacerdocio, se nota con claridad en el capítulo 7 de Hebreos, donde el escritor describe quién era Melquisedec.

Fíjense qué importante era Melquisedec, que nuestro propio antepasado Abraham le dio la décima parte de lo que les había ganado a los reyes en la batalla.

Melquisedec, aunque no era descendiente de Leví, le cobró la décima parte a Abraham, que había recibido las pro­mesas de Dios. Así Melquisedec bendijo a Abraham y nadie puede negar que el que ben­dice es superior al bendecido (Heb. 7:4,6-7 V.P.).

El mismo punto es declarado por Pablo en su mandamiento a los G√°latas.

El que recibe instrucción en el mensaje del evangelio, debe compartir con su maestro to­da clase de bienes. (Gál. 6:6 V.P.).

5) Honrar apropiadamente a aquellos a quienes Dios dice que debemos honrar, asegura bendicio­nes y prosperidad para el dador también.

Dad, y os será dado, medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en vuestro re­gazo. Porque la misma medida que midáis para otros, se os medirá también a vosotros (Luc.6:38).

Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien y para que tengas larga vida sobre la tierra (Ef. 6:2-3).

Estos dos conocidos versículos resaltan, la ley espiritual de sembrar para cosechar y que Dios recompensa la fidelidad.

Para resumir la perspectiva bíblica de honrar a los hombres de Dios, Dios ha puesto una alta prioridad en el sacerdocio, quiere que sus mi­nistros sean fieles y generosamente sostenidos (honrados) por los diezmos de su pueblo y los que así honren a sus ministros, serán ellos mismos grandemente bendecidos.

Examinemos ahora algunas razones del por qué el pueblo de Dios no lo hace.

Dónde nos quedamos cortos

No es muy dif√≠cil se√Īalar algunos de los facto¬≠res m√°s obvios que contribuyen a nuestro pro¬≠blema. Mencionar√© cuatro de ellos:

1-La poca estima en que se tiene por lo general al ministerio cristiano.

Una encuesta nacional que se llevó a cabo para catalogar diversos negocios y ocupaciones profe­sionales en términos de su influencia sobre sus co­munidades, situó a los clérigos casi al final de la lista.

Doctores, abogados, maestros, banqueros, polic√≠as, propietarios de negocios, actores, clasi¬≠ficaron m√°s alto que los ministros. Podemos en¬≠tender c√≥mo la sociedad secular puede desechar la influencia de un ministro cristiano como insignifi¬≠cante, pero nos preocupa seriamente que los cris¬≠tianos mismos a menudo, parecen ver la tarea del pastor como peque√Īa.

Mis propios a√Īos como pas¬≠tor de una denominaci√≥n son prueba de que solo un peque√Īo porcentaje de la gente que serv√≠ jam√°s esperaron que tuviera un aporte vital y permanen¬≠te en sus vidas.

Serv√≠a para matrimonios, funera¬≠les, visitar a los ancianos, dirigir los servicios do¬≠minicales y para hacer ¬ęlo com√ļn en una iglesia¬Ľ, llenando as√≠ un papel aceptable pero inocuo en las mentes de la mayor√≠a de los miembros. Carga¬≠dos con una imagen meliflua del ministerio, no es de extra√Īar que muchos cristianos sientan tan poca inspiraci√≥n de ¬ęhonrar¬Ľ a sus ministros.

2-Ministerios inefectivos y faltos de espíritu.

Parte del problema que discutimos tiene que ser puesto a los pies del ministerio profesional.

Mientras que la mayoría de los ministros son hombres devotos y trabajadores que realmente sa­ben que han sido llamados por Dios para predicar el evangelio de Jesucristo, como en cualquier otra profesión hay unos pocos mal adaptados. Indisciplinados e incompetentes que no tienen ni la habili­dad ni la motivación de pastorear las almas de las personas.

Tanto ellos como la iglesia, estarían me­jor si hubiese una manera de purgarlos de las filas del ministerio.

Más crucial aun al problema que discutimos, es­tá el hecho que por décadas nuestros seminarios liberales han graduado y nuestras denominaciones liberales han ordenado, a hombres que de ninguna forma alcanzan la calificación bíblica para el mi­nisterio.

Algunos de ellos niegan la inspiraci√≥n divina de las Escrituras, desprecian a menudo a la autoridad leg√≠tima respaldando pro¬≠testas radicales y la revoluci√≥n violenta, aprueban la homosexualidad y el libertinaje sexual bajo el disfraz de ¬ęrelaciones significativas¬Ľ y repetida¬≠mente se identifican con causas profanas aborre¬≠cidas por la mayor√≠a de los cristianos que creen en la Biblia. Afortunadamente son pocos en n√ļmero, pero tienen un poder y una in¬≠fluencia demasiado grande, por lo poco que son.

3-El prejuicio contra la prosperidad de los mi­nistros.

Cuando el evangelista Oral Roberts hablaba de los tiempos dif√≠ciles que su padre pas√≥ como pastor, observa que la oraci√≥n favorita de la congregaci√≥n para su pastor era: ¬ęSe√Īor, nosotros lo manten¬≠dremos pobre; t√ļ, mantenlo humilde¬Ľ.

El efecto de esta antigua actitud en muchos miembros de la iglesia, se refleja en las estadísticas.

4-Egoísmo humano.

Profundizando más en las motivaciones que impiden honrar a los ministros de Dios, está la debilidad fundamental contra la que luchamos todos: el egoísmo.

Las personas espirituales tienden a caer en la religiosidad, la tendencia de los religiosos es caer en hipocres√≠a y la hipo¬≠cres√≠a es mezquina. Jes√ļs puso el dedo en el problema cuando confront√≥ a los fariseos por su ego√≠smo en relaci√≥n a sus padres.

¬ęAstutamente hac√©is a un lado el mandamiento de Dios para cumplir con vuestra tradici√≥n. Porque Mois√©s dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y el que hable mal de su padre o ma¬≠dre, que sea ejecutado; pero vosotros dec√≠s: ¬ęSi un hombre dice a su padre o a su madre: ‚ÄėCualquiera cosa m√≠a con que pudiera ayudarte es corb√°n (es decir, ya ha sido dada a Dios)‚Äô; ya no le permit√≠s que haga nada en favor de su padre o de su madre; invalidando as√≠ la pala¬≠bra de Dios por vuestra tradici√≥n que hab√©is transmitido; y hac√©is muchas cosas como esta¬Ľ (Marcos 7:9-13).

A pesar de la gracia de Dios obrando en nues¬≠tras vidas, todav√≠a tenemos tendencia a ser ego√≠stas.  

La tentación de aparentar ser mejores, o más ge­nerosos de lo que somos en realidad es recurrente.

Deseamos la prosperidad para nosotros mismos, para nuestras familias y nuestros proyectos, pero a la vez queremos aparecer como sacrifica¬≠dores de lo propio y generosos. Hasta los l√≠deres cristianos caen en la trampa de tomar ventaja de otros ¬ępara la obra del Se√Īor¬Ľ.

Recuerdo un incidente en una iglesia hace muchos a√Īos, donde reci√©n termin√°bamos un semi¬≠nario de ense√Īanza.

Yo hab√≠a dado siete conferen¬≠cias en tres d√≠as y en cada uno de los servicios el ministro hab√≠a recogido una ¬ęofrenda de amor¬Ľ para el pastor invitado.

Aparentemente la con­gregación había sido muy generosa, porque el mi­nistro estaba sentado detrás de su escritorio jugan­do con un grueso rollo de billetes, mirándome to­do el tiempo.

¬ęEste es el dinero que colectamos en las reunio¬≠nes¬Ľ, dijo √©l, en un tono astuto como un vende¬≠dor de caballos. ¬ę¬ŅCu√°nto de esto quieres para ti?¬Ľ

Avergonzado y enojado porque se me pedía que pusiera un precio a mi ministerio, tuve ganas de decirle que todo. De todas maneras, él había dicho cada noche a la congregación que las ofren­das eran para mí.

Pero en lugar de eso, dije con toda docilidad: ¬ęApreciar√≠a por lo menos $100 por d√≠a adem√°s del pasaje en avi√≥n¬Ľ.

Con una sonrisa pagada de s√≠ mismo, el mi¬≠nistro sac√≥ suficientes billetes para cumplir con mi petici√≥n y luego dej√≥ caer el grueso rollo casi del mismo tama√Īo, en la gaveta de su escritorio y la cerr√≥ con llave.

¬ęHas sido de gran bendici√≥n para nuestra igle¬≠sia, hermano¬Ľ, vocifer√≥, levant√°ndose de su silla y empuj√°ndome hacia la puerta. ¬ęDebemos dar¬≠nos prisa o perder√°s tu vuelo¬Ľ.

Tambi√©n recuerdo otra ocasi√≥n en Pennsylvania, hace varios a√Īos tambi√©n, donde di cinco conferencias en dos d√≠as y recib√≠ un total de $95 por mis esfuerzos, de los cua¬≠les $50 vinieron de una ¬ęofrenda de amor¬Ľ que se recogi√≥ en un servicio donde entraron m√°s de $500.  

¬ęReverendo Basham, le vamos a dar $50 de la ofrenda¬Ľ, dijo el tesorero entusiasmado, mien¬≠tras me llevaba de regreso al hotel. ¬ęEl resto del dinero lo usaremos para comprar parlantes nuevos para el equipo de sonido. Dios es fiel ¬Ņno es cier¬≠to?¬Ľ

Afortunadamente, estos incidentes han sido su¬≠perados en n√ļmero por las veces en las que he si¬≠do compensado m√°s que adecuadamente. Pero es¬≠tas tristes ocasiones ilustran la manera en que el ego√≠smo nos afecta a todos, ministros y laicos en general.

Que Dios nos ayude a confesarlo y a encontrar gracia para vencerlo. Veamos ahora algu­nas maneras de hacer precisamente eso.

¬ŅQu√© podemos hacer?

Tanto en los males f√≠sicos como en los espirituales, el diagn√≥stico es por lo general m√°s f√°cil que la cura. El problema que enfocamos no es ninguna excepci√≥n. ¬ŅDe qu√© manera podemos honrar a Dios adecuadamente honrando a sus mi¬≠nistros? He aqu√≠ cuatro sugerencias concretas:

1-Podemos hacer un esfuerzo deliberado para cambiar nuestra perspectiva.

Dios, por medio del profeta Isa√≠as, se√Īala un hecho muy obvio, pero de gran ayuda:

Porque mis ideas no son como las de ustedes, y mi manera de actuar no es como la suya. As√≠ como el cielo est√° por encima de la tierra, as√≠ tambi√©n mis ideas y mi manera de actuar est√°n por encima de las de ustedes. El Se√Īor lo afirma (Is. 55:8-9 V.P.).

Ya que la manera que Dios ha escogido para re¬≠cibir honra es haciendo que su pueblo honre a sus ministros, debemos dedicarnos a cambiar nuestras ideas con respecto a los ministros que Dios ha puesto en nuestro medio. Ellos tienen una impor¬≠tancia mucho mayor delante de Dios de la que le hemos dado nosotros, y ya que el Se√Īor no va a cambiar su manera de pensar, ¬°nosotros tendre¬≠mos que cambiar la nuestra! Esta es otra √°rea donde necesitamos pensar como Dios piensa.

Cada vez que oigamos la Palabra de Dios siendo proclamada con fidelidad, deber√≠amos detenernos pa¬≠ra dar gracias, no solo por la Palabra misma, sino tambi√©n por el hombre de Dios que la trae. Y decir en nosotros mismos al Se√Īor:

¬ęQue hermoso es ver llegar por las colinas al que trae buenas noticias ‚Ķ ¬Ľ (ls. 52:7 V.P.).

2-Podemos tener la determinación de recono­cer y sujetarnos a la autoridad delegada por Dios.

No es ning√ļn secreto que el problema b√°sico del hombre es su rebeli√≥n contra Dios.

Aun des¬≠pu√©s de haber nacido de nuevo y de haber vivido por a√Īos como cristiano, encontramos en noso¬≠tros tendencias sutiles de hacer nuestra propia vo¬≠luntad y de rebelarnos contra Dios.

Muchos de nosotros nos hemos convencido de que esta es una de las razones por la cual el Esp√≠ritu Santo est√° enfatizando en estos d√≠as la necesidad de su¬≠jetarnos a la autoridad espiritual que Dios ha de¬≠legado. Creemos que Dios quiere que su pueblo est√© sujeto tanto a √Čl como a sus ministros.

Pero os rogamos hermanos, que reconozc√°is a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Se√Īor, y os instruyen, y que les teng√°is en muy alta estima en amor, por causa de su trabajo. Vivid en paz los unos con los otros (1 Tes. 5:12-13).

Quienes se sujetan genuinamente a sus pastores se gozan en mostrar su compromiso honrándole con sus diezmos. (Por supuesto, que los diezmos son pagados a la iglesia que a su vez paga el sala­rio del ministro). Mientras más profundo sea el compromiso, más grande la alegría de dar.

3-Podemos practicar la generosidad sintamos hacerlo o no.

La rebeli√≥n y el ego√≠smo caminan de la mano. Una de las formas pr√°cticas de probarle a nuestra naturaleza carnal y rebelde que estamos determi¬≠nados a ¬ęandar por el Esp√≠ritu y no saciar el deseo de la carne¬Ľ, es practicar la generosidad aun cuan¬≠do tengamos que hacerlo a rega√Īadientes.

Para romper el hábito del egoísmo tenemos que resis­tir nuestros deseos egoístas. Si no podemos con­trolar nuestros sentimientos, bien podemos hacer­lo con nuestras decisiones. Podemos decidir qué es lo correcto y luego hacerlo, aunque nuestras emociones chillen y se quejen.

4-Finalmente, podemos ser comprensivos y perdonadores hacia los ministros de Dios y seguir honr√°ndoles.

Muchas veces los cristianos reh√ļsan honrar a un ministro que no lo merece, porque han visto en √©l al¬≠guna debilidad o imperfecci√≥n humana que les sirve de excusa para su mezquindad.

¬ęYo no voy a sostener el ministerio del pastor porque dicen que cuando se golpe√≥ con un martillo dej√≥ salir una palabrota¬Ľ.

Los ministros trabajan en sus tareas con las mismas imperfecciones que tienen los dem√°s cristianos.

Se cansan y se desalientan. A veces dicen y hacen cosas poco amables. Bajo tirantez y presión exhiben las mismas tendencias al enojo y a la impaciencia que cualquier otro cristiano. (Dios no tiene ministros perfectos a través de los que pueda trabajar).

El ministro más espiritual­mente maduro lucha todavía contra áreas de debilidad personal. En realidad, es una marca de madurez el que pueda continuar ministrando efec­tivamente a pesar de su debilidad humana.

As√≠ que tenemos una elecci√≥n que hacer cuando con¬≠sideramos nuestra responsabilidad hacia ellos. Podemos aceptar su ministerio y honrarlos, o con¬≠vertirnos en jueces y apuntar el dedo acusador a las fallas que vemos; fallas que lo √ļnico que prue¬≠ban es que son humanos.

Conclusión

Todo pastor sincero, no importa cu√°les sean sus limitaciones, es motivado por el deseo de ayudar a su congregaci√≥n a encontrar su lugar de paz y se¬≠guridad en Dios. Su trabajo y oraci√≥n se dirigen en esa direcci√≥n y ¬ęvela por las almas, como quien tiene que dar cuentas¬Ľ (Heb. 13: 17).

Casi todo minis­tro que conozco podría hacer un mejor trabajo si su carga económica no fuera tan pesada, pero hay otra razón más profunda por la que desearía que su gente honrara a los ministros de Dios.

Como ya he dicho, ha habido veces en mi ministerio que se me ha tratado tan mezquinamente que me ha hecho llorar por el abuso.

No solo por el dolor del desgarre económico, sino porque ese trato a los ministros indica una relación mezquina también con Dios.

Otras veces he recibido tanto honor por parte de aquellos a quienes he ministrado que las pala­bras no podrían expresar todo mi agradecimien­to.

Recuerdo con gran emoci√≥n la ocasi√≥n en que estuve con un peque√Īo grupo de creyentes comprometidos. Me trataron a m√≠ esposa y a m√≠ con tanto afecto y generosidad que nos sent√≠amos muy conmovidos.

Su ministerio para nosotros durante los días que estuve con ellos, sobrepasó grandemente a lo que pudimos hacer nosotros por ellos.

Ministré a la congregación solo dos veces, sin embargo, la ofrenda de amor que recibí fue incomparablemente más de lo que generalmente recibo por una semana de ministerio.

Cuando quise protestar ante tanta generosidad, el ministro se sonri√≥ y dijo: ¬ęEs que no entiendes, nuestra gente ha sabido por semanas que vendr√≠as y ha estado ahorrando para bendecirte de esta manera. ¬°A ellos les encanta honrar a un hombre de Dios!¬Ľ

Sin embargo, el gran gozo que un ministro experimenta en estas ocasiones viene no solo por lo que recibe, sino por la realización de que aquellos que le honran han demostrado bellamente su amor y su deseo de honrar a Dios mismo. Es en esta verdad que el ministro encuentra su satisfac­ción más grande.

(Reproducido de la Revista Vino Nuevo, volumen 3. N¬ļ 11. Usado con permiso)

(Los comentarios y artículos de opinión o de formación espiritual, son propios de las personas que los escriben y no necesariamente representan el pensamiento de este medio).

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