Los pastores en el mundo secular de la política

 Dr. Carlos Araya Guillén /

Actualmente es frecuente en América Latina, por ejemplo, en países como Brasil, Guatemala, Colombia, Costa Rica y Chile, ver pastores, predicadores y líderes evangélicos “metidos” en la actividad política como dirigentes, militantes o candidatos a puestos de elección popular en distintas organizaciones partidarias.

Con mucho entusiasmo, los más comprometidos con principios cívicos, han llegado a formar partidos políticos evangélicos sustentándose para su apoyo en la estructura eclesiástica de sus iglesias.

Que participen en política como una opción de su fe cristiana es saludable y muy positivo. Lo malo es embarullar la política con la religión. El Reino de Dios con el reino de este mundo, lo celestial y lo secular tienen su propia autonomía y por ende, específicas funciones. Por ejemplo, las creencias y disciplina de una iglesia no presiden el trabajo de una organización política. En su vocación y finalidad son entidades distintas en virtud de su naturaleza propia.

La predicación en el templo y el discurso político en una manifestación pública partidaria son desemejantes. La misión de la Iglesia es predicar las buenas nuevas de salvación. La meta del partido político… ganar las elecciones y ejercer el gobierno de la República.

Como se sabe, participar en la política electoral no es fácil ni sencillo para un evangélico, porque dicha actividad se encarna en realidades económicas, sociológicas, culturales muy diversas y ajenas al apostolado que impera en un templo de adoración a Dios. El pastor en la iglesia brilla con la luz del Espíritu de Dios. En la política debe brillar por su conducta siempre por encima de todo beneficio personal.

Por eso, la participación de pastores en el mundo secular de la política, en términos cristianos, debe ser testimonio y descubrimiento del plan comunitario de Dios como Señor de la historia.  

El pastor debe ver en su acción política, un gesto escatológico de redención y fe.

No puede convertirse en piedra de tropiezo para todos aquellos prójimos de buena voluntad que buscan conocer al verdadero Dios.  No puede perder la gracia como paradigma del rostro del Cristo sufriente de la cruz.

No se puede ser santo en la prédica del evangelio y bellaco en la acción política. No se puede adorar al Dios de la Biblia en la Iglesia con aplausos, cánticos, oraciones y exaltar en la mundanidad política a un dios (con minúscula), hecho a imagen de profanos intereses financieros y ambiciones de poder político.

La utilización de la fe detrás de cualquier expresión política partidaria para el espurio lucro temporal, es un pecado contra la misma Iglesia evangélica la cual se mueve bajo la dirección e impulso del Espíritu Santo.

El cristiano que participa en política, está llamado a refugiarse en los brazos abiertos de Jesús para vivir la experiencia solidaria del bien, la justicia, la probidad, la honestidad, la verdad y el amor. No puede adorar a un dios (con minúscula) a la manera de Nadad y Abiú, hijos de Arón, en el contexto de un perfume fraudulento. (Levítico 10:1,2/RV). Tampoco hacer profesión de fe en un cristianismo sin cruz.

El bien y el mal son excluyentes en la historia bíblica y humana. Cada uno es la ausencia del otro con la reconocida aclaración kafkiana: “el mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal”.

Desprestigiar la fe y perjudicar a la Iglesia en su misión de ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura, es un crimen de “lesa humanidad”.  El predicador metido en política no debe confundir su palabra humana con la Palabra de Dios, porque “Dios es lo que hace y hace lo que es” (Caminata en la Luz/VAG/p.136). Mientras que los políticos pueden decir una cosa y hacer otra.  Ser agente de distorsión en el paso de las tinieblas a la luz de un prójimo, es una grave carga de conciencia moral y espiritual.

La responsabilidad es radical para los cristianos políticos y para los políticos cristianos (no es lo mismo), porque si el cotidiano testimonio deshonroso de un pastor aleja las ovejas del proceso de la conversión y del nuevo nacimiento, será culpable de impedir a una persona de participar en la abundante cosecha de la salvación.

La parábola de la “Oveja perdida”, tanto en la versión de Mateo como en la de Lucas, bien nos recuerda, el deber de rescatar el ovino extraviado, pues hay más gozo en los cielos por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento (Lucas 15:7/RV).

Un líder político evangélico de mal testimonio, compromete el encuentro de un pecador con el amor de Dios en la cruz. (Juan 3:16) y se convierte en tropiezo para todos aquellos que buscan una relación con Dios o son débiles en la fe.

No deben olvidar los pastores y líderes cristianos que participan de buena fe en la política nacional, que la meta de la vida humana no es el logro de un buen gobierno, sino la resurrección de los muertos en Cristo como símbolo de trascendencia y eternidad.

Porque si bien es cierto, la lucha política es un asunto terrenal, los líderes cristianos están llamados a figurar en la prensa nacional por su compromiso de fe con el “bien común” y no por los delitos financieros, nepotismo, compadrazgos y otros propios de las obras de la carne (Gal 5:19-21/RV), como lo hacen los irredentos en la epístola a los Gálatas.