OPINIÓN

Amenazas de suicidio en los adolescentes trans: los datos no están claros

Cualquier padre de un niño o adolescente con disforia de género se habrá enfrentado en algún momento a las estadísticas de suicidio de la infancia trans.

Ana Zarzalejos Vicens / ACEPrensa /

 Las opciones que se ponen sobre la mesa son o la terapia afirmativa o el suicidio. “Mejor un hijo vivo que una hija muerta”, responden muchos. Cualquiera lo haría.

Sin embargo, cada vez más expertos y estudios cuestionan la narrativa dominante que asegura que no ofrecer terapia afirmativa desde el primer momento es casi una condena de muerte. Varias voces piden prudencia y señalan que atribuir una tragedia como el suicidio a una sola causa es irresponsable y pone una gran presión sobre las familias.

Recientemente, en un debate parlamentario en Georgia (Estados Unidos) sobre un proyecto de ley que impondría sanciones a los médicos que realicen procedimientos de cambio de sexo en menores, la demócrata Karla Drenner declaraba entre lágrimas: «A todos los niños de nuestro Estado que se van a ver afectados negativamente, por favor, no pierdan la esperanza. Por favor, no se rindan. Por favor, no se suiciden».

Este discurso está respaldado por las estrategias propuestas desde algunas de las organizaciones de referencia, como la Asociación Estadounidense de Psicología. En su guía para la atención a personas transgénero, la asociación asegura que la terapia afirmativa es la principal vía de tratamiento y que sirve también para paliar la ideación suicida de las personas trans.

La idea de que una persona transexual tiene más riesgo de suicidarse es un importante motor para optar por la terapia afirmativa, pero los datos no están claros.

Sin embargo, esta estrategia está siendo cada vez más contestada. La infancia y la adolescencia trans son un grupo vulnerable que merece encontrar apoyo y respuestas a sus preguntas, pero utilizar el suicidio como una guillotina que puede caer sobre las familias en cualquier momento no es honesto y no responde al interés superior de los menores.

Las investigaciones sobre el tema señalan que la cautela es necesaria y que la evidencia no solo no parece indicar una relación entre suicidio y disforia de género no afirmada, sino todo lo contrario.

El suicidio, un fenómeno multicausal

Atribuir una única causa al suicidio es un error porque la evidencia demuestra que el fenómeno es siempre multicausal y no reconocerlo puede ser peligroso.

En 2017, el Movement Advancement Project (un grupo pro-LGBT), la Johnson Family Foundation y la American Foundation for Suicide Prevention, publicaron un documento titulado Talking About Suicide & LGBT Populations. En la sección “Directrices para hablar del suicidio de forma segura y precisa”, recomiendan lo siguiente:

«No atribuya una muerte por suicidio a un único factor (como el acoso o la discriminación) ni diga que una ley o política específica anti-LGBT ‘causa’ el suicidio. Las muertes por suicidio son casi siempre el resultado de múltiples causas superpuestas, incluidos problemas de salud mental que podrían no haber sido diagnosticados o tratados. Vincular el suicidio directamente a factores externos como el acoso, la discriminación o las leyes anti-LGBT, puede normalizar el suicidio al sugerir que es una reacción natural a tales experiencias o leyes. También puede aumentar el riesgo de suicidio al llevar a las personas en riesgo a identificarse con las experiencias de quienes han muerto por suicidio».

Es decir, lo opuesto a lo que se hace cuando se coloca a las familias ante la disyuntiva de elegir entre «afirmación o suicidio».

La evidencia científica no resuelve la duda

La cuestión es de dónde vienen entonces los datos que hablan del suicidio en los menores trans.

Por supuesto,  es clara la evidencia en torno a que los comportamientos e ideaciones suicidas que sufren los jóvenes que se identifican como transexuales son mayores que los jóvenes sin disforia de género.

“Afortunadamente, sin embargo, el suicidio real en esta población que sigue siendo extremadamente raro”, explica Leor Sapir, investigador en el Manhattan Institute.

Las estadísticas de suicidio provienen de estudios de una dudosa calidad científica y metodológica. Por ejemplo, la famosa encuesta de la fundación PACE que siempre se cita para afirmar que el 48% de jóvenes trans intenta suicidarse.

Los estudios que dan estadísticas sobre el suicidio en personas trans, tienen fallos metodológicos y obvian otros trastornos mentales subyacentes.

El estudio se realizó mediante un cuestionario promovido dentro de la comunidad LGBT y las personas elegían si lo rellenaban o no. En total se analizaron 2.078 cuestionarios, solo 120 de ellos eran de transexuales, y solo 27 de ellos eran menores de 26 años. Tan solo se informó del resultado de los 27 jóvenes trans en relación con el suicidio.Trece declararon haber intentado suicidarse en algún momento y de ahí procede la estadística del 48%.

La Dra. Polly Carmichael, directora y psicóloga clínica consultora en la clínica británica Tavistockdeclaró que la encuesta PACE es “profundamente errónea”.

Leor Sapir ofrece otros datos. Un estudio realizado en el Reino Unido reveló que la tasa de suicidios entre los jóvenes transexuales remitidos a las clínicas era del 0,03%, es decir, 4 muertes de cada 15.000 menores con trastornos de género.

El investigador señala que el problema es que se suele comparar a los jóvenes trans con los jóvenes de la población general.

Para Sapir, la clave estaría en comparar las tasas de suicidio del primer grupo con jóvenes sin disforia de género, pero con otros trastornos de salud mental (como la depresión) que también padecen los adolescentes con disforia.

Un estudio reciente ha seguido esa metodología y ha concluido que las diferencias en ideación suicida desaparecen: los jóvenes con trastornos relacionados con el género se encuentran más o menos en la misma categoría de riesgo que los jóvenes sin problemas de género pero con los mismos problemas psiquiátricos.

Hay que tener en cuenta que los datos indican que los menores trans suelen tener otros trastornos asociados, todos ellos vinculados a un mayor riesgo de ideación suicida. Una revisión realizada por la doctora Hillary Cass al Servicio de Desarrollo de la Identidad de Género de Reino Unido, descubrió que hasta un tercio de los menores remitidos padecían autismo u otras afecciones neuroatípicas.

En Estados Unidos, según un estudio, al 70% de los pacientes pediátricos se les diagnostica autismo, TDAH o algún otro problema de salud mental antes de recibir un diagnóstico de disforia de género.

Por tanto, la narrativa de «transición o suicidio» confunde correlación y causalidad, y esto es especialmente problemático y peligroso en un momento en el que la legislación avanza en la dirección de prohibir cualquier terapia que no sea afirmativa e incluso la evaluación por parte de los servicios de salud mental. Así lo denuncia también un documento de Confluencia Movimiento Feminista que ha estudiado la aplicación del enfoque afirmativo en España.

La prohibición de ofrecer una terapia alternativa a la afirmación, lastra las investigaciones y no es coherente con la evidencia científica.

“De forma general, en Andalucía, como en otras comunidades, las guías de atención sanitaria prohíben derivar a salud mental como requisito previo al inicio de la terapia hormonal o de las intervenciones quirúrgicas en adultos. En infancia y adolescencia se recomienda explícitamente no establecer como requisito previo a la terapia hormonal la valoración por salud mental”, señalan.

La cuestión crítica es si la terapia afirmativa reduce el riesgo de suicidio

Los promotores de la terapia afirmativa aseguran que el riesgo de suicidio disminuye tras la transición o la reasignación de sexo. Sin embargo, esto tampoco está del todo claro, porque no hay suficientes estudios sobre cómo evolucionarían las personas transgénero con otro tipo de tratamientos.

Una revisión sistemática de los pocos estudios sobre el tema, arroja datos que desmontarían la narrativa pro terapia de afirmación al concluir que la relación entre la evitación del suicidio y las hormonas de «afirmación de género» no está sustentada por la evidencia.

Además, señala que, si se mira los datos, la certeza de las pruebas de los beneficios de este tipo de tratamiento es «muy baja». Los estudios que pretenden demostrar beneficios adolecen de graves deficiencias metodológicas.

Por su parte, un estudio realizado en Suecia concluyó que los adultos transexuales que se habían sometido a una transición médica completa, presentaban una tasa de suicidios 19 veces superior a la del grupo de control.

Otra investigación del National Center for Transgender Equality de Estados Unidos señala que la tasa de intentos de suicidio aumentó tras la transición hormonal y quirúrgica.

En enero, Riittakerttu Kaltiala, psiquiatra jefa de la clínica pediátrica de género de la Universidad finlandesa de Tampere y máxima experta del país en la materia, declaró en una entrevista que es una «desinformación intencionada» e «irresponsable» afirmar que no ceder a la afirmación provocará suicidios.

En definitiva, los datos animan a actuar con cautela y la amenaza del suicidio no se puede utilizar para empujar a las familias a aceptar la terapia afirmativa como la única opción para evitar la tragedia.

El hecho de que los países que optaron ya en su momento por la terapia afirmativa como única opción estén ahora dando marcha atrás al ver que no es la solución para los menores trans, tiene que ser un aliciente para poner el interés de la infancia por encima de cualquier agenda ideológica.

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