Semblanza de un pionero

Róger Murillo S. / periodicomaranata.com

Se llama Álvaro Humberto Muñoz Mora, nació en San José y cuando apenas terminaba su primaria, a escasos 13 años, perdió a su madre. Tras ese duro golpe, poco tiempo después murió su padre, quedando huérfanos aquellos cinco hermanos. Álvaro era el mayor y el menor tenía solo dos años. Así se inició una dura faena para estos muchachos que tuvieron que trabajar  a muy corta edad, para poder subsistir.

Con el pasar de los años, aquel jovencito tuvo que asumir el rol de padre y quizá, para calmar las presiones tempraneras de la vida, comenzó a refugiarse en el alcohol, el cual comenzó a marcarle no solo un deterioro emocional y físico, sino que le señalaba un derrotero nada prometedor para el futuro.

Esto hizo que buscara ayuda espiritual, leyendo literatura sobre Dios y la espiritualidad. En ese proceso alguien le regaló una Biblia, pero no tenía el Génesis, algo que no fue problema para Muñoz, porque el resto fue parte de una lectura interesante en su afán de cambiar de vida.

Fue a los 17 años cuando llegó a una empresa a trabajar, donde coincidentemente había un bautista, un pentecostal y un testigo de Jehová, quienes en forma coincidente, como percibiendo un buen prospecto, lo invitaban a sus congregaciones. A los dos primeros les aceptó la propuesta de asistir a sendas iglesias, pero fue en la Iglesia de Dios del Barrio Los Ángeles, donde entregó su vida a Jesucristo.

Más adelante, se congregó con don Gonzalo Báez en las Asambleas de Dios de la Castellana, donde muy pronto se involucró en la sociedad juvenil y unos cuántos meses después ya predicaba en las calles, en las casas y en los llamados campos blancos.

“Yo siempre he tenido una excelente memoria visual y auditiva, por lo tanto lo que oía de un predicador, iba y lo enseñaba en otra parte, casi idéntico, hasta con los mismos versículos. Hacía eso porque no tenía ninguna preparación, hasta que ingresé al Instituto Bíblico de esta organización y ahí inicio la preparación teológica pertinente”, recuerda don Álvaro.

Fue en aquella congregación del Barrio La Castellana, donde conoció a una jovencita de apenas 18 años, su nombre Ana Badilla, con ella llegaría a casarse y posteriormente procrear a Guiselle, Ingrid, Erika y Saskia.

Llegó a Alajuela, para quedarse

 Después de estar durante seis años pastoreando en Moravia, Marco Murillo el Superintendente de la época, para el año 1965, le solicita asumir la congregación de Alajuela, que se había quedado sin pastor.

Doña Ana de Muñoz recuerda que pasaron nueve años muy duros, donde a veces duraban hasta tres días comiendo solo frijoles y en ocasiones no tenían dinero ni para desayunar.

“Vivíamos a la par del templo y con regularidad Álvaro me decía, no encienda el fuego porque no hay nada para el café. Al rato llegaba otra vez y cambiaba el mensaje, ahora sí puedes hacerlo, porque  pasó un hermano y nos dejó dos colones, con eso podemos comprar el pan. Dependíamos cien por ciento de Dios, había que doblar rodillas cada día para que el Señor tuviera misericordia y poder subsistir”, recuerda doña Ana.

Como si lo económico fuera poco, existía mucha hostilidad en el entorno hacia los evangélicos, por lo que con frecuencia, la gente pasaba y tiraba piedras al templo o quitaba el fluido eléctrico bajando “la cuchilla” desde afuera y muchas situaciones más.

Las cosas comenzaron a cambiar en la parte financiera, cuando don Álvaro fue llamado a la gerencia administrativa de Faro del Caribe, donde estuvo por muchos años. Esa función la dejó para asumir el Centro de Orientación Familiar de IINDEF (Instituto Internacional de Evangelización a Fondo), labor que alternó con funciones voluntarias, como la presidencia de la Federación Alianza Evangélica e inclusive con puestos directivos en la Fraternidad de Ministerios de Costa Rica, donde fue uno de los fundadores.

¿Cómo lo describe su familia?

Doña Ana lo presenta como un hombre sabio, que piensa dos veces lo que va a decir y que depende absolutamente de Dios para tomar las decisiones.

Su hija Guiselle afirma “supo mantener nuestra familia de rodillas y el mejor pastorado que él ha hecho es con nosotras”. Una opinión similar tiene Ingrid quien recuerda una frase de su padre “él siempre nos dijo, si yo no sé gobernar mi familia, no puedo hacerlo con la iglesia”.

Erika, por su parte tiene en su memoria un concepto que siempre don Álvaro les decía “Dios no tiene nietos, solo hijos”, procurando afianzar la responsabilidad espiritual de cada una.

Saskia, la hija menor que reside en los Estados Unidos, opina que su padre ha sido un baluarte de la oración y un ejemplo no solo para ellas, sino para otros ministros emergentes.

Don Álvaro Muñoz, tiene 50 años de pastorear el Centro Cristiano Vida Nueva, ubicado en Alajuela Centro, cuenta con 55 años de ministerio y este año cumplirá 81 años de edad.