Los políticos de Emaús

Dr. Carlos Araya Guillén /

Dice la Biblia, la Palabra de Dios en la cual Jesús está revelado, en el libro de San Lucas (24:13-35),  que dos discípulos seguidores de que Jesús (que por cierto no pertenecían al grupo de los doce apóstoles)  uno llamado Cleofas y otro de identidad  desconocida,  iban camino a Emaús que estaba a sesenta estadios (unidad de longitud griega equivalente a unos 12 kilómetros) de Jerusalén, cuando Jesús ya resucitado se les acercó  para caminar con ellos participando animadamente de su conversación.

Sin embargo, los ojos de los dos discípulos estaban velados y no reconocieron quién era el hombre que se les acercó.

Aunque el pasaje bíblico carece de paralelismo con otros del Nuevo Testamento, a excepción de texto de San Marcos 16:12, los estudiosos de la Biblia, teólogos y exégetas no dudan de su autenticidad y bendita narración.

Son muchas las enseñanzas, los comentarios y las interpretaciones de la bendecida narración, sin ignorar su relevante tratamiento pictórico, literario y místico.

A medida que pasa el tiempo, los erúditos en Sagradas Escrituras descubren las múltiples formas de su espiritualidad y la vibrante didáctica de su planteamiento después de la crucifixión del Nazareno.

Respondiendo al signo de los tiempos el pasaje bíblico deja entrever el ritmo armonioso de su enseñanza en los distintos campos del conocimiento, buscando siempre paradigmas de perfectibilidad humana.

Bien podría decirse que los caminantes de Emaús se parecen a muchos de los políticos actuales que temerosos huyen de la verdad, no comprenden las explicaciones que se suscitan en torno a la realidad y, en especial, faltos de comprensión y lentos para creer no reconocen que el verdadero Mesías de dialéctica historicidad humana es Jesús el Señor de la historia.

Cuando los políticos cristianos sentados a la mesa, ven a Jesús tomar en sus manos el pan, dar gracias a Dios y partirlo, en ese momento sus ojos se abrirán y van a reconocer el verdadero sentido de la dimensión política de la fe al lado de la justicia, la solidaridad, el bien común y el amor hacia los más pobres. Verán en el rostro sufriente de Jesús y su resurrección la semilla de la abundancia espiritual, los valores morales, la defensa de la familia y las buenas nuevas de salvación.