El reformismo democrático

Fernando Berrocal / periodista y abogado/

 El APRA no significa nada para la actual juventud costarricense, pero para quienes vivimos y participamos intensamente de los grandes debates que generó el triunfo de la Revolución Cubana, en los sesentas y setentas del siglo pasado, el APRA significó la respuesta y la raíz ideológica de casi todos los partidos políticos reformistas y de izquierda democrática en América Latina.

El PLN tuvo también otras raíces, porque Figueres y Orlich habían vivido la gran depresión en los Estados Unidos y eran fervientes partidarios de las ideas económicas intervencionistas del Nuevo Trato de Roosevelt y porque el padre Benjamín Núñez, discípulo de Monseñor Sanabria, impregnó de ideas y principios social cristianos al Partido Liberación Nacional.   

Víctor Raúl Haya de la Torre, al fundar el APRA, en Perú, aplicó a las ciencias políticas la teoría científica del espacio tiempo histórico de Einstein,  como un movimiento latinoamericano y una opción diferenciadora e ideológica que, en democracia y en libertad, asumiera la necesidad de reformas estructurales, económicas y sociales, desde nuestro propio espacio-tiempo latinoamericano y no como una continuación lineal de la experiencia ideológica europea o  de lo que las ideas reformistas de Roosevelt habían significado en los Estados Unidos.

Haya de la Torre visitó Costa Rica en los años cuarenta y su pensamiento tuvo una gran influencia en el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales que, bajo el liderazgo intelectual de Rodrigo Facio, unía a amplios sectores de la juventud universitaria de ese entonces. De ahí, años después, surgió el Partido Social Demócrata, el triunfo de la Revolución de 1948, el liderazgo definitivo de José Figueres, los visionarios Decretos de la Junta Fundadora de la Segunda República y, como parto final, la fundación del PLN en 1951, como partido ideológico permanente, reformista y social democrático.

Igual que el APRA en el Perú.

Desde entonces, ciertamente mucha agua ha pasado debajo del puente. El mundo de hoy es otra cosa muy distinta, pero la tesis primigenia y fundacional de lograr, en libertad y en democracia, el desarrollo económico y social integral, en sociedades equitativas y de oportunidades reales para todos sus habitantes, siguen teniendo igual o mayor vigencia que en aquel entonces.

Al menos así seguimos pensando los auténticos social demócratas y muchos social cristianos e incluso los liberales progresistas, en la realidad del siglo XXI.

Digo lo anterior, porque el trágico suicidio del ex presidente Alan García, líder indiscutible  del APRA en las últimas décadas y un brillante político peruano, vinculado históricamente a los líderes fundacionales del PLN y a la recordada escuela de formación política de  La Catalina (CEDAL), en donde muchos de mi generación lo conocimos y tratamos,   nos debería hacer reflexionar sobre esos orígenes revolucionarios y reformistas, que son la esencia de nuestro ADN político e ideológico, tanto como  extirpar el actual  matapalo de la corrupción, asumiendo a últimas consecuencias un debate crítico y necesario sobre la ética y la moral  en la función pública y la urgencia de una renovación generacional y de ideas, en los partidos reformistas y social democráticos de América Latina.

Ese es el gran reto del presente.