Aquella casi guerra con Nicaragua

 Lic. Fernando Berrocal / periodista /

 El Partido Liberación Nacional cumplirá, este 12 de octubre, un año más de su creación en la finca La Paz de don Chico Orlich, en San Ramón de Alajuela.

Voy a escribir mi versión de aquella casi guerra entre Costa Rica y Nicaragua, en el gobierno de uno de nuestros Padres Fundadores: Luis Alberto Monge.

Un pequeño preámbulo personal, porque en relación con Nicaragua y los sandinistas, no hay casi costarricense que no tenga su propia historia. La mía comenzó en la secundaria, en el colegio La Salle, por la estrecha y especial relación de amistad que, desde entonces, mantengo con Carlos Coronel Kautz.

Como jóvenes colegiales, en unas largas vacaciones de fin de año y de verano, nos adentramos por el río Medio Queso, afluente del río Sarapiquí, hasta la formidable, enorme y única biblioteca que su padre, el poeta José Coronel Urtecho, mantenía y cuidaba con esmero y dedicación, en medio de la selva, a este lado de la frontera y del lado costarricense, lejos de la satrapía somocista.

Desde ahí nos fuimos, varias veces, hasta San Carlos, en la misma entrada del lago y luego a la isla Solentiname, en donde vivía un sacerdote revolucionario y también poeta, el más grande de todos después de Rubén. En la trapa y comuna de Ernesto Cardenal compartimos austeramente varios días y después nos enrumbamos por ese río lleno de poderosa fuerza, misterio e historia que es el San Juan, hasta los confines del otro lado, en el Caribe, en donde se confunden las fronteras y se originan todos los conflictos con Nicaragua. Un prodigioso río al que he vuelto y navegado muchas otras veces en mi vida.

Ahí entendí su importancia geopolítica y conocí que, por la Ruta del Tránsito, pasó la mayor parte del oro de California hacia la costa este de los Estados Unidos y que, con esa riqueza, se construyeron los ferrocarriles que cruzaron ese enorme país de este a oeste, mucho antes de la construcción del canal de Panamá. También supe de las aventuras de doña María, una mujer extraordinaria, alemana, de pelo rojizo y férrea personalidad, la madre de todos los hermanos Coronel, a la que el poeta inmortalizó y dedicó su poesía.

Ahí, en el río San Juan, conocía a Edén Pastora y desde aquellos lejanos años de juventud, junto con Carlos y sus hermanos, nos entregamos a complotar y denunciar a Somoza, desde la FEUCR y después en la política costarricense.

Nunca conocí a ninguno de los Ortega, ni a ningún otro comandante. Es más, en los años finales de la guerra de Nicaragua, trabajaba como funcionario internacional en Venezuela, con responsabilidades en los países del Pacto Andino. Mi único apoyo al sandinismo fue ceder mi casa de entonces, en las montañas de San Ramón de Tres Ríos, para que se escondieran ahí armas que venían del sur y se iban, después, para la frontera norte y el río San Juan. Eso lo hicimos muchos costarricenses y muchos liberacionistas en esos años.

Cuando las cosas se pudieron color de hormiga, viviendo en Caracas, hice lo que tenía que hacer por mi acceso al presidente Carlos Andrés Pérez, cuya amistad y cariño honró mi vida política para siempre, para que Venezuela apoyara fuertemente al presidente Rodrigo Carazo y al gobierno de Costa Rica.

Cuando regrese al país en 1982, desde hacía dos largos años los sandinistas habían tomado Managua y la revolución había triunfado en Nicaragua.

Un tiempo después y en el gobierno del presidente Luis Alberto Monge, la derecha conservadora nacional y el periódico de siempre, me montó una feroz campaña de difamación, la primera de otras que he debido enfrentar en mi vida pública, acusándome de ser un colaborador de los sandinistas en la misma Casa Presidencial. El propio Luis Alberto tuvo que defenderme fuertemente en la prensa de aquellas infamias. También le agradezco a Rolando Araya que hizo lo propio desde la Secretaría General del Partido Liberación Nacional (PLN).

La verdad fue siempre todo lo contrario. Como Ministro de la Presidencia y siguiendo con lealtad las órdenes del Presidente Monge, mi papel era de amortiguador y de “corre, ve y dile”, como muchas veces es el papel de quien ejerce esa difícil y complejo cargo ministerial, entre la Casa Presidencial y don Pepe y Daniel, así como entre los Vice Presidentes Alberto Fait y Armando Arauz, que tenían posiciones distintas y entre Angel Edmundo Solano, Ministro de Seguridad Pública y Alfonso Carro, Ministro de Gobernación y Policía,  uno mi hermano político  y el otro mi maestro universitario, que  diferían en sus enfoques de seguridad y en el tratamiento de las relaciones con Nicaragua. El otro compañero en esas tareas fue Rolando Araya desde la Secretaría General.

Porque la verdad sea dicha y no se puede negar: el gobierno estaba dividido y no en relación al rechazo que todos por igual sentíamos en contra de un sandinismo entregado a los cubanos y su actitud guerrerista contra Costa Rica, sino en cuanto al papel que los Estados Unidos y el poderoso Comando Sur, que tenía su sede en el canal de Panamá, querían asignarnos como país.

Mientras algunos estábamos totalmente a favor de la paz, la no intervención y la neutralidad de Costa Rica, como Alberto Fait, Ángel Edmundo, Rolando Araya que se había ido del MOPT a desempeñar la Secretaría General del PLN, Francisco Morales en el MAG, Guillermo Sandoval en el Ministerio de Trabajo y quien esto escribe, como Ministro de la Presidencia, oponiéndonos firmemente a cualquier colaboración o estrategia que comprometiera la soberanía de Costa Rica y el territorio nacional, otro sector del gobierno era, para decirlo de alguna forma, un poco o bastante complaciente a una intervención militar de los Estados Unidos  en Nicaragua, como era la tesis dominante en Washington. Esa intervención en sí, si es que se daba o no, sinceramente no era el tema de fondo, porque eso era también lo que querían los cubanos en medio de la Guerra Fría, para internacionalizar el conflicto de Centro América. El tema era la soberanía y la integridad del territorio nacional.

El equilibrio interno del gobierno se mantenía por el respeto y la lealtad de todos, sin excepción, a Luis Alberto Monge. Fue él y nadie más que él, el propio presidente de la República, quien aprobó la iniciativa de realizar una marcha nacional por la paz que le propusimos con el Viceministro Manuel Carballo.

Desde la Casa Presidencial y con Manuel, mi amigo de toda la vida, montamos una multitudinaria manifestación cívica. Ese soleado día, al frente de una columna de manifestantes iba Daniel Oduber acompañado de Rolando Araya como Secretario General del PLN y al frente de la otra iba don Pepe Figueres, a quien acompañaba Oscar Arias, liderando a cientos de miles de costarricenses de todos los partidos políticos y sectores sociales. El acto final se desarrolló frente a una tribuna en el Monumento Nacional, a un costado de la Asamblea Legislativa. Pocas marchas en el país han sido tan grandes y no recuerdo, sinceramente, ninguna otra con tanto patriotismo y fervor cívico. La inmensa mayoría nacional, vestida de blanco, quería la paz y no la guerra.

Ese día, al final de la manifestación, Daniel Oduber me dijo y se lo agradecí siempre, que me preparara y que tenía que ser fuerte, porque la reacción de la derecha sería enorme y que su objetivo sería quebrar y dividir al gobierno de Luis Alberto, sacándonos apenas pudieran a los ministros nacionalistas.

Esa misma noche se lo comenté a Luis Alberto y su reacción fue ponerme, aún más, en relación con el embajador Curtin Windsor de los Estados Unidos y de intermediario y testigo de las delicadas conversaciones que se realizaban en Villa Mongalba. También me pidió que llamara Daniel Oduber y concertara una reunión entre ellos dos. En dicha reunión le pidió al expresidente Oduber que se transformara en un activo y calificado medio y vocero de gestión con los europeos. Daniel le dijo que lo podría hacer por medio de la embajada de Francia en San José y así fue. Varias veces acompañé al expresidente Oduber a almorzar con el embajador en su residencia y por esa vía, se logró informar a la Unión Europea de lo que estaba sucediendo y establecer, por medio de la embajada de Francia en México, un canal diplomático informal y discreto de comunicación y diálogo, en lo que se podía, con los sandinistas y Nicaragua.

Paralelamente, Armando Vargas, como Ministro de Información, con su gran talento, enorme cultura histórica y formidable pluma, comenzó a trabajar directamente con Luis Alberto, en la Proclama de Neutralidad Perpetua y Activa. Armando estaba firmemente del lado de los ministros nacionalistas y fue siempre uno de los hombres de más confianza de Luis Alberto Monge.

Entre tanto, en Nicaragua, la presencia y el dominio de los cubanos cada día se hacía más fuerte y dominante. El general Ochoa, héroe militar de las guerras en África, era el hombre fuerte en Managua y tenía línea directa con Fidel Castro. El sandinismo comenzó a girar abierta y totalmente a favor de la Revolución Cubana y de su modelo de organización política y económica. Daniel Ortega y el mismo Humberto, que siempre fue más confiable y transparente que su hermano, al mando del Ejército Sandinista, se entregaron totalmente a los dictados del general Ochoa y de Cuba. Por cierto, a Ochoa lo fusilaron años después en un cuartel militar cubano, acusado de narcotraficante y de contacto con los carteles colombianos y Pablo Escobar.

Un día cualquiera, al más alto nivel, los Servicios de Inteligencia de los Estados Unidos informaron, con pruebas auténticas y fehacientes, que la tesis de los cubanos y del general Ochoa, aprobados en la Habana, era internacionalizar el conflicto regional y que habían convencido, a la cúpula del sandinismo, de cruzar la frontera norte e intervenir militarmente a Costa Rica. El objetivo era transformar las guerras de Centro América en parte esencial del conflicto este-oeste, en medio de la Guerra Fría y elevar la crisis entre Nicaragua y Costa Rica al Consejo de Seguridad y a las Naciones Unidas.  El propio Comandante en Jefe del Comando Sur vino a San José y se entrevistó con el presidente Luis Alberto Monge, ofreciéndole toda la ayuda militar de los Estados Unidos en la frontera norte, por medio de las tropas acantonadas en el canal de Panamá.

No participé en esa reunión, pero Luis Alberto me llamó después a la Casa Presidencial y me solicitó que organizara una reunión de emergencia con Don Pepe y con Daniel Oduber. Abiertamente les informó a los dos expresidentes de la República de la crítica situación. Entre ellos coincidieron que el presidente Monge debía apresurar la Misión Verdad y que se profundizaran los contactos y relaciones con los países democráticos y amigos del Viejo Continente, particularmente con Francia, España, Alemania, Inglaterra e Italia y con el Parlamento Europeo. En su viaje y en sus encuentros con los líderes europeos, a Luis Alberto le ayudó muchísimo su perfecto dominio del idioma francés. Logró el objetivo de su misión y Europa se puso del lado de Costa Rica.

Paralelamente y a otro nivel, el presidente Monge me pidió viajar a Venezuela de inmediato e informar al ex presidente Carlos Andrés Pérez y al presidente Luis Herrera, del partido social cristiano COPEI, de la situación crítica con Nicaragua. Al día siguiente volé a Caracas e informe, en el palacio de Miraflores, al gobierno de Venezuela y, en la sede de Acción Democrática, al ex presidente Pérez y al líder de la bancada social democrática Jaime Lusinchi, que luego igualmente sería presidente de Venezuela. Ambos querían mucho a Costa Rica y habían pasado parte su durísimo exilio político en nuestro país. El apoyo bipartidista (AD y COPEI) y de Venezuela fue absoluto para Costa Rica. Ángel Edmundo Solano, en otra oportunidad, viajó igualmente a Venezuela.

En ese contexto, se apresuró la declaratoria de la Neutralidad Perpetua y Activa, en el que se definía a últimas consecuencias la posición de Costa Rica, echando mano histórica de la larga tradición costarricense por la paz, desde los orígenes de la República, así como al desarme nacional y la eliminación del Ejercito Nacional en 1948, como fundamento ético y político de la II República. Esa proclama es uno de los grandes legados históricos de Luis Alberto Monge.

También, en medio de esas tensiones bilaterales, el presidente Monge invitó al presidente Ronald Reagan de los Estados Unidos a visitar San José. El Ministerio de Relaciones Exteriores y la embajada en Washington, trabajaron activamente en concretar esa invitación oficial que fue aceptada con agrado por la Casa Blanca. En el mundo de la diplomacia y de las relaciones de los Estados Unidos con América Latina, aquella visita fue excepcional y, al mismo tiempo, significó un mensaje contundente a los cubanos y a la dirigencia sandinista. El presidente Reagan hizo un discurso sobre el valor y el significado de la democracia en el Teatro Nacional, con asistencia y representación de toda la sociedad costarricense. El país sintió que había tranquilidad y dominio de la situación y que el Gobierno de la República actuaba con sensatez, prudencia y patriotismo, evitando una guerra absurda y terrible con Nicaragua.

El presidente Luis Alberto Monge, en una conversación privada y con gran transparencia y sinceridad, le expresó su agradecimiento al presidente de los Estados Unidos y le manifestó que, aunque agradecía el ofrecimiento del Comando Sur, no era necesaria ninguna intervención en la frontera norte, ni la presencia de tropas estadounidenses en el territorio de Costa Rica. Pero, con ello, a la vez, se garantizó el apoyo absoluto de los Estados Unidos a Costa Rica.  

En lo máximo de las tensiones y ante la eminencia de lo peor, cuando el Ejército Sandinista fue desplazado a lugares estratégicos por el lado de Rivas y en varios puntos al otro lado del río San Juan, en un inaudito acto de provocación sandinista, de lo cual informó con fotografías la prensa nacional e internacional, el presidente Herrera, a solicitud del presidente Monge, envió entonces en visita de amistad varios aviones de la Fuerza Aérea de Venezuela a Costa Rica, previo el debido permiso de la Asamblea Legislativa. Esos poderosos aviones de guerra artillados, volaron en forma simbólica sobre el río San Juan a lo largo de la frontera norte. Paralelamente, el gobierno venezolano advirtió a Managua que un acto de guerra o una intervención en Costa Rica, sería considerado un acto de guerra contra Venezuela. Lo hizo directa y oficialmente en Managua y en Caracas y lo hizo saber en la Habana.

Esto es historia. Costa Rica recurrió a una estrategia internacional inteligente y activa y al apoyo total de Venezuela y no a la intervención de los Estados Unidos, para evitar la guerra y la intervención militar de Nicaragua y de los sandinistas, en el territorio nacional. Así preservó la paz Luis Alberto Monge.

Cuando llegó el momento de iniciar la Misión Verdad a Europa, el presidente Monge dejó en el ejercicio de la Presidencia de la República al vice presidente Alberto Fait. Recuerdo que un día antes del Consejo de Gobierno me llamó a su Despacho y me pidió que preparara el Decreto Ejecutivo para firmarlo al día siguiente, en presencia de los dos vicepresidentes y del gabinete en pleno.

Aquello fue también un mensaje muy claro para todos. Luis Alberto siempre recurría a esos símbolos y mensajes en el ejercicio del poder. Era su estilo. El vicepresidente Fait era una garantía plena de neutralidad y para la política oficial y la estrategia de consolidar fuertes apoyos internacionales y evitar así una intervención militar sandinista en Costa Rica y una guerra con Nicaragua.

Lo que nadie previó es que Edén Pastora, en ese entonces alzado en armas de nuevo, aunque esta vez en contra de la dirigencia sandinista entregada a los cubanos, decidió realizar una conferencia de prensa en el lado territorial nicaragüense del río San Juan. Aquella conferencia de prensa terminó en una enorme tragedia, en la que murieron periodistas y guerrilleros, al explotar una bomba, cuyo origen por mucho tiempo nadie supo su origen, pero que hoy nadie duda que fue plantada por un terrorista internacional, disfrazado de periodista y apoyado logística y materialmente por el comandante Tomás Borge, ministro del Interior, amigo de los cubanos y que representaba, en ese entonces, la línea sandinista más dura, irracional y radical en Nicaragua.

De la bomba nos enteramos en San José después de la explosión. De inmediato el vice presidente Fait, en ejercicio de la Presidencia de la República y con el apoyo logístico del Ministerio de la Presidencia y el Ministerio de Seguridad Pública, ordenó todo el apoyo a los heridos y su traslado por avión a San José, para ser atendidos en hospitales costarricenses. El mismo Edén Pastora fue trasladado en estado crítico a nuestra ciudad capital. Con Alberto Fait, el Ministro Solano Calderón y Rolando Araya en la Secretaría General del PLN, nos constituimos en un equipo de trabajo de emergencia y seguridad nacional. Trabajamos arduamente, día y noche, para atender la situación interna, pero igualmente para enfrentar, una vez más, la sarta de mentiras e infamias que se propagaban contra Costa Rica, desde Nicaragua y Cuba, así como por la izquierda marxista latinoamericana que hacía eco y trataba de desprestigiar la Misión Verdad que, con gran éxito, llevaba adelante Luis Alberto en Europa. 

Mientras en Europa, el presidente Monge encontró y logró todo el apoyo de sus dirigentes y de la prensa democrática del Viejo Continente, en Costa Rica, por el contrario, la derecha nacional y los medios de comunicación de siempre, enemigos históricos del PLN, insistían en su activa campaña para desestabilizar al gobierno y generar una crisis ministerial. Nos tenían a fuego cruzado y finalmente lograron su objetivo de sacar a los activos ministros nacionalistas.

Con lágrimas en los ojos, hacia fines de octubre o principios de noviembre de 1984, Luis Alberto nos pidió amigablemente, en una reunión muy dura y difícil, en un fin de tarde lluvioso y de invierno, la renuncia a Francisco Morales y a mí. Lo mismo hizo con Ángel Edmundo Solano en otra reunión. Desconozco las de los otros ministros. Así, en cuestión de horas, se generó la crisis de aquel gabinete y se hizo público lo que sucedía, cuando se filtró informalmente entre la prensa la noticia de varias renuncias a nivel ministerial y una crisis de gobierno. Alguna prensa hasta especuló de un secuestro al presidente Monge.

En aquella reunión, Luis Alberto le pidió a Francisco Morales que aceptara el Ministerio de Seguridad Pública. Chico se negó a aceptar, a pesar de la insistencia del presidente de la República y la mía propia. Me consta, también, como una de esas curiosas coincidencias o mensajes extraños y explícitos de la vida y que no siempre suceden que, cuando esa noche, Chico y yo regresábamos en mi carro personal, al iniciarse el barrio Los Yoses, después de la cuesta de Matute Gómez, en la puerta de la casa iluminada de don Jorge Rossi, estaban ahí conversando Armando Araúz y Benjamín Piza. Eso nos dijo todo a los dos. Seguí recto y fui a dejar a Francisco a su casa en Sabanilla.

Chico estaba muy molesto y creo que con razón. Personalmente me la tomé con más tranquilidad y le solicité un gran favor a Luis Alberto. Consciente de que estábamos en medio de la Guerra Fría y absolutamente decidido a no ser una víctima política más de esa Guerra Fría, le pedí al presidente Monge que quería una reunión con el embajador Curtin Windsor de los Estados Unidos.

Esa reunión se efectuó unos días después en la Casa Presidencial y en la propia oficina del presidente de la República. Ahí tomamos café los tres y otros altos funcionarios de la embajada americana. Antes de concluir esa reunión, el presidente Luis Alberto Monge bajó primero al primer piso a informarle oficialmente al país de la reorganización del gabinete y anunciar los nuevos nombramientos todavía no juramentados. Eso después de varios días de muchísima tensión, especulaciones en la prensa y muchas noticias inventadas.  

El embajador Windsor bajó luego conmigo la plataforma de la Casa Presidencial al primer piso y, para sorpresa de algunos que estaban ahí y que querían colgarme y quemarme como se hacía con los herejes en la Edad Media, el embajador Windsor me dio un fuerte y amigable abrazo de despedida. Me lo debía y cumplió con honor. Después me dirigí a la conferencia de prensa y puse mi mejor cara. Ese fue mi último acto como ministro de la Presidencia, acompañando a Danilo Jiménez Veiga como mi sucesor en el cargo.

Angel Edmundo Solano fue designado como embajador en México. Yo me puse de acuerdo con mi amigo Fernando Zumbado, que quería venirse a trabajar en la campaña presidencial de Oscar Arias y, con el visto bueno del presidente de la República y de Carlos José Gutiérrez, nuevo Ministro de Relaciones Exteriores, me fui de embajador a la Organización de las Naciones Unidas. Para mí fue regresar a una casa conocida, con buenas relaciones y mejores amigos.

Lo que sucedió o no sucedió en el último año del gobierno, no fue mi responsabilidad, ni la de ninguno de los ministros nacionalistas. Esa es otra historia. Durante aquellos tres largos y complejos años de gobierno, hice lo que me dictó siempre mi conciencia y creo que cumplí lealmente y a cabalidad, con honor, mi responsabilidad ante el país y con el presidente Luis Alberto Monge y su Proclama de Neutralidad Activa y Perpetua. Así lo hicimos varios. 

Oscar Arias ganó las elecciones de 1986, defendiendo la paz y enfrentando todas las presiones imaginables de los enemigos, internos y externos, de la paz y la neutralidad de Costa Rica. Su primer gobierno es un orgullo para todos los que seguimos, apoyamos y luchamos por su Plan de Paz en Centro América.

En mayo de 1986 acepté la Dirección General de los noticieros de canal 6 y a eso me dediqué, profesionalmente, los siguientes seis años de mi vida, ejerciendo un periodismo independiente, libre y apegado a la verdad. Varias veces, en los siguientes años, con un profundo respeto, sentido de la amistad y gran cariño hacia Luis Alberto Monge, frente a una buena copa de buen vino, hablamos y hasta polemizamos sobre aquellos meses en que casi tenemos una guerra con los sandinistas y Nicaragua y en que se evitó, recurriendo al gobierno amigo y democrático de Venezuela, la intervención y el desembarco de soldados de los Estados Unidos en el territorio soberano de Costa Rica. Lo contrario, a mi juicio, nunca nos lo habría perdonado el pueblo, ni la historia.

Tres décadas y un poco más después, Daniel Ortega y su mujer, han convertido la Revolución Sandinista en una satrapía igual o peor que la de la familia Somoza. Edén Pastora se transformó en un incondicional de la dictadura y un enemigo de Costa Rica que tanto le dio y a quien tanto le debe. Venezuela, que fue siempre nuestro gran aliado en las luchas por la libertad y la democracia, es ahora el aliado de Managua y es un país sometido, igual que Nicaragua, a una dictadura violadora de los Derechos Humanos de su pueblo. Fidel Castro murió y el retiro de Raúl Castro, ha dado origen a una transición generacional en Cuba, aunque siempre bajo el control de un partido único y vertical, pero dicen que con una visión menos estalinista y un poco más realista de la realidad latinoamericana y mundial. De su alianza con Venezuela y su petróleo, depende la sobrevivencia y el futuro de Cuba. Ese es un dato de la realidad. El otro dato de la realidad es que, el pueblo nicaragüense está, una vez más, combatiendo la dictadura en las calles. Con la misma fuerza y valor que antes.

Nosotros, los hijos de La Catalina, los social demócratas, hicimos entonces lo que había que hacer y seguimos en la lucha sin fin… como nos enseñaron don Pepe, Daniel, Luis Alberto, el padre Benjamín Núñez y los Padres Fundadores.