Llegará el día

Fernando Berrocal / Abogado y periodista / Foto con fines ilustrativos /

Una cosa es el pueblo nicaragüense y otra cosa, bien distinta, es el régimen despótico de Daniel Ortega y Rosario Murillo. También, otra cosa, desde siempre, ha sido la íntima relación entre dos pueblos hermanos y la dictadura igualmente cruel y sanguinaria de la familia Somoza, desde el asesinato cobarde y vil del General de Hombres Libres, Cesar Augusto Sandino.

Hagamos siempre esa diferencia y no nos equivoquemos.

Tampoco nos equivoquemos al reconocer que la inmensa mayoría de los costarricenses y ahí me incluyo, activamente, apoyamos a los muchachos, como los llamaba doña Violeta Barrios de Chamorro, en la lucha heroica de los años setenta hasta la caída de la dictadura somocista y la entrada victoriosa del Frente Sandinista a Managua.

Lo que pasó después es otra cosa. Una cosa tan distinta que, hasta varios de los heroicos comandantes que dirigieron esa lucha de liberación nacional, han salido al exilio y se han separado de la megalomanía y el narcisismo enfermizo de Daniel y Rosario. Lo que queda en Managua son solo unos árboles de metal feísimos, transformados en el símbolo de lo que es la traición más grande a aquella auténtica revolución sandinista y a un pueblo trabajador, sincero, musical y lleno de poesía, como es el pueblo de Nicaragua.

Apoyo el otorgamiento de la Ciudadanía Honoraria de Costa Rica al escritor Sergio Ramírez, laureado con el Premio Cervantes, propuesto por los Ex Presidentes de la República y el documento suscrito por  notables intelectuales nacionales encabezados por Alfonso Chase, Julieta Pinto, José Sancho y otros que son orgullo nacional y la representación viva del respeto, de todo el pueblo y los artistas costarricenses, a un gran novelista nicaragüense y al pueblo que vio nacer al más grande poeta de las letras españolas, como es Rubén Darío.

El premiado y gran escritor nicaragüense Sergio Ramírez, como lo recuerdan nuestros intelectuales, trabajó años en el CSUCA y desde su temprana edad, aquí, en Costa Rica, comenzó a desplegar e influir con su extraordinaria y potente personalidad sobre la cultura nacional y de Centro América, de la misma forma que Rubén Darío trabajó como periodista en La Prensa Libre y convivió e hizo bohemia, en San José, con los intelectuales de su época.

De la misma forma, también, hoy miles de nicaragüenses humildes y trabajadores conviven con nosotros y sostienen con su esfuerzo y sudor la zafra azucarera, la corta de la piña, la cogida de café, actividades de servicio y la construcción de infraestructura y vivienda en el sector privado productivo.

Ellos son nuestros hermanos y llegará el día en que la liberación de Nicaragua nos unirá aún más en el trabajo conjunto y fraterno por un futuro mejor, más justo y más equitativo, para dos pueblos hermanos unidos por la historia, la geografía y la sangre que nos es común.  Ese día, celebraremos juntos el valor supremo de la paz, la vida en libertad y la democracia.