La política de Dios

Dr. Carlos Araya Guillén/ Profesor de filosofía, educador y político / 

Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), escritor dramaturgo y poeta, español del Siglo de Oro, de estilo conceptista que significa ser directo en sus afirmaciones, sencillo e ingenioso, escribió la obra “Política de Dios, Gobierno de Cristo y Tiranía de Satanás” (1626), dirigida a Felipe IV Rey de la Españas.

En una de sus páginas (capítulo II) afirma que “sólo Jesucristo fue rey en toda libertad”, y en otra (capítulo XXII), hace un llamado a la perseverancia de la fe, subrayando el cuidado que deben tener los Reyes de “no llevar al templo a todos sus súbitos porque a Cristo el demonio lo llevó al templo para tentarlo” (Mateo 4:5; Luc 4: 9/NVI).

El consejo de don Francisco de Quevedo, 400 años después, cobra enorme vigencia en la realidad religiosa y política de nuestro país. 

Jesús resucitado es el Señor de la historia: El Apocalipsis lo exalta como “el Rey de Reyes y Señor de Señores (Apoc 17:14 y 19:16/NVI), vencedor de los poderes de maldad en la historia. 

Cuando ignoramos el señorío de Cristo y su presencia luminosa no hay libertad ni gozo. En el orden temporal no se experimentará la mano del Dios de la vida, la paz y la justicia, y su supremo interés en el bienestar colectivo.

También don Francisco de Quevedo recomienda a los líderes políticos no llevar al templo, la lucha electoral ni la imposición política de una ideología o dogma para apoyar a un candidato como si este fuera “escogido por la voluntad de Dios”.

El contexto de las campañas electorales, no está en el ámbito propio de la Iglesia (el evangelio del Reino de Dios, anunciado por Jesús en Marcos 1:14-15/NVI, sino en la sociedad civil a la luz de las propuestas de los partidos inscritos en el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

Vale recordar que, si bien es cierto, las autoridades de las Iglesias Evangélicas, que yo tenga conocimiento, en ningún momento le han dado el “Nihil Obstat” (que no existe obstáculo) a ningún partido conformado por creyentes, no debemos convertir la Casa de Dios en un club de proselitismo partidario.

La acción política de los partidos goza de autonomía en lo temporal, “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que ha Dios pertenece” (Mateo 22:21).

El cristiano debe abordar la política desde la fe y como una opción de amor al prójimo de la espiritualidad de su ministerio.

Grave pecado es abandonar la predicación y alejarse, por ambiciones personales, del misterio de la encarnación del verbo como evento de salvación para todos los hombres de buena voluntad.

La politiquería en la Iglesia es una mal de lesa humanidad. No se justifica ni de facto ni de iure (o de principio).

La verdad revelada pide, en términos de bien común, “que todos aquellos que tengan afición por el dinero… y apego a las cosas materiales no se metan en política…”.  (Papa Francisco EMMP).

No llevemos al templo una tentación más, mucho menos una pelea por colores políticos.

Por el contrario, los pastores están llamados a construir en la Iglesia caminos conversión, de unidad y solidaridad espiritual, paz y luz, de perdón y esperanza, a fin de estar preparados para el momento decisivo cuando el Señor nos llame a su presencia y la trompeta suene en aquel día final esplendoroso en que muerte ya no habrá.

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