La nueva vida en el reino (3): El viejo nuevo orden mundial

Noa Alarcón Melchor /Protestante Digital/

Esta crisis mundial de poder también permea a la parte más religiosa de la iglesia.

Una de tantas amenazas de estos tiempos de pandemia ha sido el resurgimiento del anuncio de un nuevo orden mundial.

Este supuesto nuevo orden es algo diferente al ligero cambio que ha supuesto acostumbrarse a la distancia social, el lavado de manos y las mascarillas, que al fin y al cabo no son cuestiones que vayan a poner en jaque nuestra civilización, sino nuevos usos necesarios por salud pública.

Aun con cambios, la vida, la organización y los principios de la sociedad siguen más o menos intactos.

Nadie sabe explicar bien en qué consiste la amenaza del nuevo orden, y quien advierte contra él lo hace con expectativas contradictorias.

Nunca ha importado la naturaleza del orden ni la identidad de quienes, supuestamente, tienen el poder suficiente como para imponerlo.

Nunca ha llegado a cumplirse, aunque su aviso viene durando, como mínimo, desde los años setenta del siglo pasado, en diferentes oleadas alentadas, como no puede ser de otro modo, por momentos de crisis social, económica y política. Justo como estamos ahora.

Haya o no parte de verdad en la amenaza, una cosa es la amenaza en sí (la realidad de un grupo de élite que ostenta un poder mundial sin rivales) y otra cosa muy diferente la percepción de ese rumor de amenaza y el modo en que se expande y se comenta en la sociedad.

Para la persona de a pie, el miedo a la imposición de ese nuevo orden mundial no es más que una fantasía de poder.

A quienes más afecta es a los que o bien aspiran a ostentar una posición de poder o bien anhelan estar bajo el liderazgo de una figura carismática.

Para ellos, cualquier cambio supone una pérdida de su terreno ganado, de su statu quo. 

Hay quienes desean que hombres de poder les manden; y hay hombres que desean tener ese poder. 

Cuando vienen tiempos de crisis, esta clase de personas ven amenazadas sus anhelos, y es entonces cuando les parece totalmente lógico y atrayente el rumor del nuevo orden y actúan con temor a su cumplimiento.

Puede que todo esto resulte muy extraño así explicado en breve; sin embargo, dentro del mundo evangélico estamos viendo cómo esa crisis de poder de la sociedad está tomando fuerza. 

Es muy curioso el número creciente de líderes y pastores que en décadas pasadas fueron referentes mundiales que de repente parecen estar metidos en polémicas, problemas y debates sobre su actitud y su fe.

Evitaré los nombres, porque los conocemos. Es una especie de patrón extraño.

Aunque en su papel público tratan de cuidar mucho la apariencia de su moralidad, alrededor de ellos surgen dudas y avisos de inmoralidad, de corrupción, peleas, riñas, abusos de poder, arrogancia y soberbia. En un primer momento no se molestan siquiera en desmentirlo, como si su posición de poder no se viera amenazada por ello.

Algunos llegan incluso a utilizar sus púlpitos para burlarse de las acusaciones. Sin embargo, pronto comienzan a llegar testimonios en primera persona, pruebas, historias ocultadas.

A veces, por desgracia, no es hasta que no surge alguna arista de inmoralidad sexual que no se toma la decisión de apartar del poder a estas personas (lo cual es una lástima y está terriblemente mal, pero ya hablaremos de eso otro día).

Aun así, parece que todo el mundo debe tomar una posición extrema de dos con respecto a estos personajes: o seguir defendiéndolos a pesar de sus errores evidentes, o negarlos completamente y condenarlos sin remisión.

Esa clase de polarización falseada es un signo evidente de estos tiempos de crisis de poder.

Estoy contando todo esto más que nada como ejemplo. A mí no me interesa hablar de pastores multimillonarios, ni de ministerios internacionales de éxito, ni de personas que se atrincheran a los púlpitos, porque uno se puede pasar toda la vida preocupado por estas cosas pensando que está rindiendo servicio a Dios, mientras que descuida su muy real tarea de vivir y extender el reino de los cielos y predicar el evangelio en su día a día.

Es una de esas distracciones comunes en los cristianos que Satanás adora. 

De lo que quería hablar era de cómo esta crisis mundial de poder también permea a la parte más religiosa de la iglesia, irremediablemente.

Sin embargo, a quien quiere ser un verdadero discípulo de Cristo y busca vivir en su reino hoy y aquí no le deben quitar el sueño estas cosas. Siempre ha habido cambios de orden mundial, cada poco, si es que lo ha de haber ahora, que no se puede saber.

Nuestras civilizaciones son un suspiro en la historia del mundo y, sin embargo, el reino de los cielos permanece para siempre, es nuestro ya pero todavía no particular.

Pero sufrimos porque nos agarramos a nuestro orden humano como si nuestra vida dependiera de ello. Y no, no depende de ello. No hablo de la fe del alejado para Dios; hablo de aquel que ha sido redimido y cuya vida se encuentra ahora escondida en Cristo.

A esta especie de cristiano, realmente seguro y convencido de que su nueva condición como hijo de Dios no es palabrería, sino realidad, que haya un cambio o no lo haya es lo de menos.

Sin embargo, vuelvo a lo mismo que semanas anteriores: el problema no es el cambio, sino el miedo al cambio. 

El problema es tener un sistema de creencias en el cual digamos que Jesús es nuestro Señor, pero por dentro estemos creyendo, confiando y anhelando el poder humano para guiarnos, como si fuera lo único que tenemos. 

Y la iglesia obsesionada por la institucionalización, por el poder humano y la gloria del púlpito se olvida del reino de Dios.

Se olvida totalmente de que no son palabras, sino poder (1 Corintios 4:20), solo que no cualquier poder.

No es poder humano, cuyo anhelo desordenado surge de esa sensación de desbarajuste y anarquía proveniente de nuestra condición pecadora; es el otro poder, el de Dios.

Ese al que, desde nuestra sabiduría humana, no podemos acercarnos.

No os tengo que explicar lo del reino de los cielos: ahí tenéis la explicación detallada en los mismísimos evangelios. De lo que hablo es de vivirlo en la realidad y la práctica.

En el reino que Dios gobierna, un reino que es real y operativo en las vidas de sus hijos, las cosas funcionan de otra manera y la vida se sostiene más allá de los vaivenes de la sociedad.

 Hasta hace poco no hubiera creído estas palabras ni yo misma, pero algo tuvo que cambiar y ahora no pudo decir otra cosa: es real.

Funciona. Está aquí. Ha venido. Lo estamos viviendo, yo y muchos otros. Lo estamos viviendo en nuestras carnes, en nuestras circunstancias, condiciones, oportunidades y anhelos, aunque a menudo no sepamos que tiene ese nombre siquiera, porque del reino no se habla mucho.

El reino que viene a nosotros nos trae una esperanza tan palpable que hace que el resto de la realidad, con sus desvelos, se parezcan a una bruma.

Como decía C. S. Lewis, descubres que vives una vida muy parecida a la de antes, pero en otro espíritu. 

Quizá haya algunos que se olvidan del reino (o solo predican la parte que les interesa de él), porque las cosas del reino no funcionan según el poder humano.

El reino de los cielos no se deja impresionar por la gloria del púlpito, ni por sus predicadores estrella.

La gloria de Dios suele concentrarse en los corazones humildes y casi anónimos que acto a acto de fe en su día a día vuelven su entorno hacia la justicia y la bondad de Dios. 

Los líderes del reino son siervos, antes que nada, sencillos y pacificadores, que no tienen una autoestima trastocada. Los hay, son muchos.

Solo que, como no suelen ser famosos más que en su entorno inmediato, a los ojos humanos no tienen mayor relevancia.

Pero sí la tienen a los ojos de Dios, y hasta que no aprendamos a confiar más en el poder de Dios que en el humano, no podremos disfrutar del reino que viene a nosotros.