La ética en la vida política

Dr. Carlos Araya Guillén / Educador /

Desde sus orígenes en la Antigüedad Clásica la ética, como forma de vida, fue estudiada por los filósofos griegos y romanos, en especial, por Sócrates (fundador), Platón (idealismo), Aristóteles (realismo), Séneca (estoicismo) y Cicerón (humanismo Latino).

Desde sus diferentes puntos de vista, la academia grecorromana, coincide que la moral, más allá de sus fundamentos epistemológicos, es una disciplina de luz para la vida política de la sociedad civil y sus gobernantes.

Sus doctrinas y principios no pretenden imponer una ética ortodoxa para la conducta política y social, sino la formación de un hombre virtuoso de carácter noble, honesto, recto e imbuido de los ideales de Bien Común.

Por eso, el hombre virtuoso como gobernante está llamado a ser un agente auténtico y comprometido con la transparencia y la justicia. En función de su liderazgo y frente a los desafíos de una época de cambios profundos y constantes en el campo social, económico, cultural, ambiental y educativo, no puede ignorar sus convicciones y valores de dignidad humana, de solidaridad y de fidelidad a la verdad.

Los gobernantes y los políticos deben reconocer siempre que el testimonio de su conciencia, como función del intelecto, es el dinamismo interno de su existencia, o sea, “el deber ser” de su trabajo comunitario, y que una vez ignorado o eliminado aparece la mayor perversidad política: El gobierno que con sus acciones injustas e insolidarias favorece, contra la voluntad del pueblo, graves desigualdades entre los ciudadanos.

Un gobierno que procura el bienestar de los ciudadanos, durante el ejercicio del poder, es un gobierno humanista y bueno. Pero, si gobierna para provecho de una “camarilla” y a expensas del pueblo, es un gobierno moralmente y políticamente corrupto.

Por ejemplo, el Partido Acción Ciudadana (PAC), que se declaró el partido de la ética se ha convertido en un partido de valores situacionistas, es decir, que siempre busca justificar el mal y llamarlo bien en un contexto de falacias (razonamientos engañosos y falsos). Al despreciar la conducta política lícita el PAC se parece al individuo que le dispara a una persona y la mata. Entonces alega que no es un acto malo porque, desde el punto de vista de la ejecución, fue un disparo admirable y un tiro bueno, ignorando la naturaleza y esencia de los valores morales que nos permiten diferenciar entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la mentira, entre el abuso del poder y la sana legalidad.

Ahora bien, para evitar la ética de la mentira (del latín mentiri) en la vida política, los partidos deben ser fieles a su ideario moral, a sus principios, a sus valores de honestidad y a su sinceridad doctrinaria, ideológica, programática y acciones cotidianas. La vivencia de la moralidad en la lucha electoral, manejo del financiamiento partidario y gestión pública tiene que ser absoluta porque afecta no sólo a los sujetos actuantes, sino también a la credibilidad de la sociedad política y, en consecuencia, la desconfianza en las instituciones públicas.

Bien escribió Platón en una de sus obras, “podemos perdonar fácilmente a un niño porque tiene miedo de la oscuridad, la verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo de la luz y de la ética como norma de vida”.

En nuestros días, con mucha razón, dijo el Papa Francisco que “Los políticos que buscan la verdad que participen en política, pero aquellos que aman el dinero, la codicia y el fraude… no se metan en política porque la convierten en un instrumento de opresión y destrucción democrática”.

(Los cometarios y artículos de opinión, son propios de las personas que los escriben y no necesariamente representan el pensamiento de este medio).