“La espiritualidad de la pandemia”

Dionisio Bayler /

El título que he puesto es un poco descabellado, lo reconozco. Un poco pero no del todo. Estoy recordando la trilogía de Walter Wink sobre the powers («los principados y las potestades», en la usanza del Nuevo Testamento). Wink explicó que en la era cuando nació el cristianismo, todo el mundo compartía una misma presuposición cultural de que cada cosa, fenómeno, entidad, etc., tenía una dimensión espiritual. El «genio divino» del emperador. La diosa Roma, cuya ascendencia explicaba el auge de dicha ciudad. En el Nuevo Testamento, la conexión que todos veían entre espíritus inmundos y enfermedad.

«Los principados y las potestades» eran obviamente realidades políticas, ya que es lo que las palabras indican. Pero tenían a la vez una dimensión invisible, en el ámbito espiritual, sobre lo cual Cristo había de ser victorioso.

«Espíritu» era sinónimo de «aire en movimiento», aire dinámico, impulsado por una voluntad propia. Voluntad que podía sernos propicia, favorable, o perversamente maligna. En un caso serían dioses a quienes adorar y servir; en el caso contrario, demonios a quienes temer. Los «espíritus inmundos» habrían sido algo así como una contaminación atmosférica que con la inhalación de nuestra respiración podía penetrar el cuerpo humano y provocar toda suerte de males. El cuerpo humano era entonces fácilmente invadido por espíritus inmundos, lo cual requería encomendarse a un espíritu divino —el Espíritu Santo en que creían los cristianos, por ejemplo— para nuestra protección y cura.

A mí —y supongo que a todos hoy día en el siglo XXI— me cuesta entender esa concepción del ámbito espiritual que era común a todas las personas, paganos y también cristianos, en el siglo I. Solemos limitar nuestro conocimiento a lo observable, a lo que es susceptible de considerar con las herramientas de la investigación científica.

La presente pandemia viene provocada por el virus COVID-19, que se está investigando asiduamente y contra el que para dentro de dos años seguramente habrá vacuna. Puede que tenga una dimensión espiritual, pero los humanos del siglo XXI somos agnósticos al respecto: no lo negaríamos con rotundidad, quizá, pero desde luego que tampoco lo afirmaríamos.

Sí que podemos entender que tenga cierta dimensión espiritual el pánico. El pánico se comunica entre la gente como el soplo de un «mal aire». Contamina la mente de todo el mundo y nos vuelve irracionales.

El COVID-19 trae por supuesto una enfermedad desagradable, que para cierta proporción de la población será muy grave y a algunos de ellos matará. Pero tampoco es tan terrible como el cáncer. Ni como la poliomielitis o la viruela o la peste bubónica que asoló a otras generaciones. Tengo la impresión de que aunque el COVID-19 sea peor que la mal llamada gripe «española» de hace un siglo, sin embargo la salud pública está inmensamente mejor preparada que en 1918 y la mortandad difícilmente se llevará a esos mismos 50 millones de personas —y eso que la población del mundo multiplica por 4 y pico la de entonces—.

Entonces hay cierto grado de irracionalidad en el pánico, el asalto a los supermercados, ¡la desaparición de papel higiénico en las tiendas!, la obsesión universal en este tema único de conversación últimamente.

Esa espiritualidad negativa de la pandemia debilita nuestros cuerpos a la vez que el alma. Nos hace frágiles, seguramente hasta más fáciles de contagiar. Precede a la invasión del COVID-19 con una invasión de desánimo y fatalismo, desconfianza de las autoridades, miedo y negatividad en general.

Sospecho que los cristianos que confiamos en Dios vamos a estar más o menos a la par que la media de la población del mundo en cuanto a contraer la enfermedad, incluso en cuanto a tasa de mortalidad. Habrá numerosos testimonios de sanaciones sobrenaturales, por supuesto, pero también habrá testimonios de morir en paz con el Señor y confiando en la resurrección. En cuanto a la resistencia a la dimensión espiritual, sin embargo, el pánico, la desazón, el miedo a enfermar y morir, ese no sé qué de amargura contra los chinos, contra el gobierno, contra la atención médica, para eso sí estamos mejor equipados.

Confiaremos gozosamente en el Señor, que sabemos que no nos abandonará a nadie que nos encomendamos a él. No abandonará a esa inmensa mayoría que sobreviva, ni mucho menos abandonará a la pequeña minoría que traspasará estos días el umbral al más allá.

Desterrado el miedo por virtud de este espíritu «santo» que inunda nuestras vidas, liberados por la acción de nuestro Salvador del «espíritu» de pánico y negativismo, nos fortaleceremos en la oración.

Pero no oraremos solamente por nosotros mismos y nuestros seres queridos. El pueblo de Dios se ha de levantar unánime en oración por toda la sociedad a nuestro alrededor. Hemos de ser una barrera de defensa de nuestros vecindarios y ciudades, un muro de contención contra la espiritualidad negativa de la pandemia. Por el poder del Señor en quien confiamos, hemos de infundir ánimo y esperanza a quien habla con nosotros.

Y nuestra intercesión en poderosa oración tendrá efectos reales y potentes, aunque humana y científicamente imperceptibles. Naturalmente quien no comparta nuestra fe no verá que nuestra intercesión tenga ningún resultado. Pero nos dará igual lo que piensen ellos. Sabemos que las cosas serían mucho peores si no fuera por nuestras oraciones.

¡Pueblo de Dios, esta es nuestra hora, para intervenir y derrotar la espiritualidad negativa de la pandemia! Para derrotar el COVID-19, gracias a Dios que tenemos la ciencia médica. Para todo lo demás, para la dimensión espiritual, aquí estamos nosotros, las hijas y los hijos del Dios Altísimo.

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