¿Pastores políticos?

Periodista: Jorge Fernández / Actualidadevangélica.es / España /

La neutralidad religiosa que reivindicamos los cristianos evangélicos en España y en todos los países, especialmente donde somos minoría y hemos sufrido las discriminaciones y abusos de la confesionalidad estatal, debe ser defendida con coherencia y entendida como un camino de doble sentido. Es decir, no podemos defender una confesionalidad evangélica del Estado al convertirnos en una mayoría o en una minoría influyente.

“En nuestra relación con el poder político los evangélicos latinos vamos camino, ahora que nuestra presencia social se vuelve visible e influyente, de imitar un modelo que hemos padecido y criticado durante siglos”, señalaba hace algunos años un lúcido pensador evangélico latinoamericano. Aquella advertencia, que entonces pudiera haber parecido exagerada para algunos, es hoy “un clamor en el desierto” en el contexto político latinoamericano donde partidos y candidatos evangélicos -algunos de ellos pastores, evangelistas o profetas- se presentan sin complejos como candidatos de una determinada opción política ideológica y partidaria.

POLÍTICO O PASTOR: INVESTIDURAS INCOMPATIBLES

La realidad actual parece estar dejando corta aquella advertencia, toda vez que la imitación empieza a superar al original en el carácter confesional de sus propuestas políticas. No vemos en América Latina, salvo alguna excepción a sacerdotes u obispos católicos presentándose a unas elecciones presidenciales. Sin embargo, hoy vemos a pastores, evangelistas y otros ministros evangélicos participando abiertamente en la pugna política partidaria. Parecen no tener en consideración la incompatibilidad de ambas investiduras; que el poder temporal suele ser inversamente proporcional al poder espiritual y que, en la misma medida en que un Pastor gana consenso como político, va perdiendo independencia y autoridad como ministro del evangelio. Y no porque la política sea una actividad “poco espiritual”, no se trata de eso. Simplemente porque son ámbitos diferentes que exigen compromisos, en muchos casos incompatibles.

  Un gobernante democrático debe estar consagrado al servicio de los intereses generales del Estado y de “todos” los ciudadanos, sin distinción de raza, sexo, creencia o condición social; mientras que un ministro del evangelio debe estar, por encima de todo, al servicio de los intereses del reino de Dios, lo que supone una lealtad suprema e incondicional al Evangelio de Cristo. El problema es que algunos, conscientes de tal incompatibilidad, proponen someter por la vía de la política (no de la evangelización libre y liberadora), los “intereses del Estado” a los del reino de Dios.

No es extraño escuchar a algunos de estos hermanos evangélicos recién allegados a la política, confesar en privado que su ideal político es la “teocracia” (sic). Desde esa cosmovisión teológica, las palabras de Jesús, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, se traducen como: “Dad a Dios lo que es del César”. Pero la realidad es tozuda, y la historia demuestra que el final de este camino es siempre el mismo: se termina dando al César lo que es de Dios.

La participación de los evangélicos en la esfera pública es legítima y necesaria, pero no se pueden mezclar las churras con las merinas. Los fieles evangélicos que se sientan llamados a la militancia partidaria están en su legítimo derecho de hacerlo, pero si ocupan altos cargos eclesiales, por ética ministerial y cívica deberían dejarlos, al menos mientras ejerzan esa militancia.

MEJOR, LA ACCIÓN CÍVICA PREPARTIDARIA

Con todo, algunos pensamos que, mientras la militancia política de cristianos evangélicos siendo legítima debería ser minoritaria y excepcional, existe en cambio un amplio espacio de actuación prepartidaria (o apartidaria, si se prefiere) en el marco de “la sociedad civil” que reclama la movilización de cristianos comprometidos con la justicia, los derechos humanos, la paz, la defensa de la vida (humana y ecológica), así como otras muchas causas justas que están en perfecta armonía con los intereses del reino de Dios y donde hacen mucha falta los Henry Dunant, los Wilberforce, los Luther King, los Desmond Tutu, etc., del siglo XXI.

En cuanto a los pastores, deberían recordar que ante todo son siervos de Dios y “deudores” para con las personas de toda cultura, raza, condición social o ideología política que componen su grey. Si esto es así, no se entiende, a nuestro juicio, que haya pastores evangélicos pidiendo públicamente el voto para un determinado partido político.

SPURGEON: “… ¿TU POLÍTICA DEVORA TU RELIGIÓN?”

Aquí nos parecen oportunas y luminosas las palabras del gran predicador británico conocido como “el Príncipe de los predicadores”, Charles Spurgeon, que reproducimos a continuación:

“No me importa hablar sobre política cuando tiene que ver con el cristianismo; no me importa cooperar con la causa común de la filantropía, o con cualquier obra para el bien de mis semejantes; pero no me entrego de todo corazón y espíritu a ninguna obra sino a aquella de divulgar el conocimiento del nombre de Cristo. Esto, pienso, debería ser lo primero y lo último para el cristiano. ¿Cubre tu religión tu ropaje, o tu ropaje cubre tu cristianismo? ¿Cuál de los dos casos es aplicable a ti, amigo? Tú eres un político: eso está muy bien; me alegra que haya un hombre honesto en un lugar así; sin embargo, ¿cubre tu religión tu política, o tu política devora tu religión?