Neocolonialismo LGTB de Londres hacia las Bermudas

 Candela Sande /Actuall/

Cuando anunciamos que Bermudas se había convertido en el primer territorio en derogar el matrimonio homosexual impuesto por su judicatura, se nos pasó por alto un detalle: Bermudas es una colonia británica.

No nos pareció terriblemente importante en su momento, porque el colonialismo no está exactamente de moda desde los años sesenta del siglo pasado, y, después de todo y para que no se note demasiado, esas islitas que Londres supervisa como un benévolo casero se lo guisan y se lo comen y son, en todo lo que les afecta exclusivamente a ellos, autónomos, con sus elecciones y su gobierno propio (en este caso, laborista).

Después de todo, quedaría impropio de nuestra era que la lejana metrópoli impusiera a los isleños la forma en que quieren vivir y organizarse, ¿verdad? Y así ha sido mayormente, en Bermudas como en las otras dependencias de esta parodia de imperio.

Pero naturalmente hay casos límites. Como al parecer que los indígenas  pretendieran aferrarse a la vieja regla ya superada según la cual el matrimonio es una institución esencial para la sociedad compuesta por un hombre y una mujer. Hasta ahí podían llegar las bromas.

Así que el Gobierno conservador  de Theresa May está sometido a todo tipo de presiones para que vete la ley aprobada en el Parlamento isleño, derogando la decisión judicial que aprobaba el ‘matrimonio gay’ solo seis meses después de que el Supremo lo declarara legal.

No es que la Asamblea haya dejado desasistidas jurídicamente a las parejas del mismo sexo que quisieran formalizar su convivencia; de hecho, la ley que deroga la sentencia prevé la formación ‘asociaciones domésticas’ o parejas de hecho con derechos reconocidos.

Pero la ley no puede entrar en vigor hasta que la firme el gobernador, representante de Su Graciosa Majestad, a cuyo gobierno no parece hacerle la menor gracia. Todo el ‘lobby’ LGTBI y sus aliados están encima del gobernador, John Rankin, para que se niegue a estampar su firma en el decreto.

El ‘lobby’ alega que un ciudadano británico no puede tener prohibido el matrimonio en una parte del imperio y permitido en otra. Pero en la propia Gran Bretaña, Escocia aprobó el matrimonio homosexual en 2014, un año después de que lo hicieran Inglaterra y Gales.

Estamos, en fin, en uno de esos casos que se dan cada vez más a menudo y que, hemos profetizado, serán la muerte del dogma progresista: el conflicto entre dos tabúes.

Por un lado, todo el progreso occidental lleva años en genuflexa ante los grupos de presión de la sexualidad alternativa, haciéndonos comulgar con ruedas de molino cada vez mayores y más peligrosas para la supervivencia de nuestra generación.

Los homosexuales y asimilados han demostrado tener una ‘potencia de fuego’ política extraordinaria, sometiendo a todos los gobiernos a un ‘chantaje electoral’ y cultural al que es a menudo letal resistirse. Su capacidad para ejercer presión, organizar protestas, movilizar o retirar fondos y ‘exponer’ a la vergüenza pública al osado que les lleve la contraria es sobradamente conocida.

Pero, por otro lado, imponerse a la voluntad manifestada en la asamblea de los ciudadanos de Bermudas solo tiene un nombre, y muy feo: colonialismo. Como pecado contra la modernidad es mucho más antiguo que la ‘homofobia’ y lleva muchas más décadas avergonzando al hombre blanco y asegurando que pasa por el aro cuando conviene.

El Gobierno de May, que ya tiene suficientes quebraderos de cabeza, quedaría como una resurrección de lo peorcito de la Inglaterra colonial si se atreviese a vetar una ley aprobada democráticamente y relativa a un asunto exclusivamente interno, no exactamente una cuestión de seguridad nacional.

Pero si el gobernador firma la ley, los homosexuales pueden ejercer una terrible venganza. Bermudas, un paraíso caribeño, vive esencialmente del turismo, y los grupos gais amenazan con convencer a “todos los americanos progresistas” para que encuentren otro lugar de vacaciones.

Más del 60% de los votantes de Bermudas rechazaron el ‘matrimonio’ homosexual e incluso las uniones civiles en un referéndum no vinculante de junio de 2016, poco antes de que el Tribunal Supremo se pasase la voluntad del electorado por el arco del triunfo. Una vez que han conseguido darle la vuelta a esa decisión en la Asamblea,¿volverá a quedar burlada la voluntad mayoritaria por una decisión impuesta desde la lejana Londres?

En cualquier caso, asistiremos en breve a este pulso entre dos atentados al dogma progresista y, sobre todo, podremos comprobar el alcance de la influencia del ‘lobby’ para pasar por encima de las urnas en una democracia.