Hacia el Bicentenario

Lic. Fernando Berrocal / Abogado y periodista/

Los procesos electorales, en los países democráticos y en las sociedades abiertas y libres, como Costa Rica, no son entelequias, ni un juego de abstracciones o la ratificación enajenante de una voluntad superior y autoritaria que decide por quién se debe votar, como sucede en otros países.

Aquí, las elecciones son el resultado  de la condición humana irreemplazable y de la sociedad misma, en sus interrelaciones, con sus fortalezas y debilidades, sus valores y virtudes, sus prejuicios y mitos, sus convicciones religiosas o sus posiciones libre pensadoras, sus dudas,  temores  y toda la amplia gama de opciones y decisiones, en que nos encontramos envueltos, todos los días y por distintas razones, en la lucha por vivir, sacar adelante nuestra familia y  ser arquitectos de nuestro propio destino. A todo ello es lo que llamamos libertad.

Ahora, elegido nuestro presidente de la República y establecido, libremente y en las urnas, quienes ganaron y quienes perdieron, hay que tener presente y valorar que los problemas estructurales no resueltos en 20 años y cinco gobiernos siguen ahí vivitos y coleando y que, objetivamente, esa es la realidad, más allá de la alegre y formidable fiesta electoral y política que vivimos en democracia. La realidad es como es y no es de ninguna otra forma.

Vuelvo a insistir en mi tesis: no se trata solo de gerenciar mejor al Estado Costarricense y sus instituciones. El país requiere una reforma estructural y eso se hace en la Constitución Política y en las leyes administrativas y de control que transformaron, al sector público, en un elefante enormemente grande, ineficiente e ingobernable. A eso súmele los pluses y los excesos salariales, las pensiones desorbitadas y la irracionalidad en el gasto público, así como los pendientes inmediatos por corrupción y la crítica inseguridad ciudadana.

Ciertamente y con carácter de urgencia, el nuevo gobierno tendrá que entrarle al déficit fiscal y al control del gasto público. A la vez que iniciar negociaciones, en la Asamblea legislativa, sobre la Reforma del Estado y la necesidad de evolucionar hacia un régimen menos presidencialista y más parlamentario.

De ahí que sea inteligente y realista que el presidente electo, don Carlos Alvarado, esté poniendo como meta el Bicentenario y el año 2021 y que esté proponiendo un gobierno de Unión Nacional con distintas fuerzas políticas. Lo es desde el punto de vista de la integración del Poder Ejecutivo y lo es, también, en la perspectiva política de su relación con la Asamblea Legislativa.

Los primeros pasos de esta administración, a diferencia de hace cuatro años, en que la soberbia y el enorme ego de los ganadores, distorsionaron la realidad y  el mensaje de las urnas, los futuros gobernantes están asumiendo con una dosis de mayor visión país y más realismo, el hecho indiscutible de que, aunque el país  espera grandes acciones del Poder Ejecutivo, la bola y las principales decisiones estarán en la Asamblea Legislativa y en la correlación de fuerzas y de poder que establezca la Casa Presidencial con los nuevos Diputados.

Ahí está el verdadero detalle político.