En memoria del Dr. Morris Cerullo

Harllan Hoepelman Paez/ Diputado de la República de Costa Rica /

Hace unos días partió con el Señor un gran general del Reino, el evangelista y apóstol Morris Cerullo a quien no pude conocer a fondo, sin embargo, a la distancia, tengo un testimonio que compartir:

Hace más 15 años, en una de sus visitas a nuestro país, en las instalaciones de la Iglesia Maná, en la Uruca, se anunció la visita del Evangelista, invitado por el apóstol Rony Chaves.

Recuerdo muy bien ese día. Yo tenía una profunda tristeza y me sentía un poco abandonado por Dios. Íbamos cinco líderes de nuestra iglesia, incluida mi esposa. Con mi mirada puesta en la ventana veía la lluvia caer. El día estaba frío, tenía muchos problemas financieros, sentimentales, personales, en fin, tal vez hasta dudaba de seguir mi camino en Jesús. Sin embargo, algo me decía dentro de mí que tenía que ir.

En ese momento, mientras viajaba en el taxi, hice una oración pequeña que palabras más o palabras menos decía: “Ay Dios, si hoy te acordaras de mí, si hoy yo fuera importante para tí, pero sé que aquí hay más de siete mil personas, siete mil hijos tuyos y tal vez, mucho mejores que yo”.

Nos bajamos del taxi. Había muchísimas personas, yo no era nadie especial y nunca me imaginé lo que iba a pasar. Todo empezó como siempre, una alabanza y adoración muy buenas, luego unas palabras del Apóstol Rony y seguidamente, se anunció la intervención del apóstol Morris.

Conocía muy poco acerca de él, estaba muy apático y no participaba de la mejor manera de esta gran reunión, pero mi corazón sentía que Dios tenía algo para mí ese día.

A los pocos segundos apareció un hombre hablando inglés con su propio traductor. Sin darme cuenta estaba de pie y con mis manos levantadas, las lágrimas empezaron a correr por mi rostro, este hombre ni siquiera había empezado a predicar y ya sentía una poderosa presencia de Dios.

Hacía algunos minutos, estaba sumergido en una profunda tristeza; pensaba decirle a Dios, ¡no más! De un momento a otro, esa hermosa presencia lo cambió todo. Algo poderoso estaba por sucederme; el predicador leyó sólo un pasaje que decía algo así: “Dios se le apareció a su siervo y le dijo: este es tu tiempo”. El predicador nos dijo, repitan conmigo ahora: “es tu tiempo, cambia el nombre del siervo de Dios y di ahora, Harllan, ahora es tu tiempo”. Esta frase la repetimos así por siete veces y esto fue lo último que escuché de ese sermón.

En el momento de decirlo por siete veces algo pasó a mi alrededor; me sentí en un remolino y en medio de este, estaba yo, sentado en una silla y escuchaba “torbellino, torbellino” mientras a lo lejos podía oír que la reunión continuaba.

En ese momento comprendí que yo tenía mi propia reunión, mientras mi esposa me halaba y las personas corrían al altar para ser ministradas. Yo no, tenía mi parte allí. Cerré mis ojos fuertemente y ese día escuché la voz de Dios, audiblemente. Sí, oí la voz de Dios, pudimos hablar.

Nunca en mi vida me había pasado algo tan profundo y personal; no contaré lo que hablé con Dios, lo que quiero testificar es simple y poderoso: cuando este hombre a quien no conocía y no hablaba mi idioma subió al altar e inicio su mensaje, una presencia, una atmósfera sobrenatural y paternal, invadió el auditorio y la pude sentir hasta donde yo estaba, que era la parte de atrás.

Por eso, hoy recuerdo con respeto al apóstol Morris. Si me preguntan de qué predicó y qué enseñanza me quedó de ese día diría: “Harllan este es tu tiempo, Harllan este es tu tiempo…”.

Hoy testifico que desde ese día mi vida, economía, ministerio, carácter e intimidad con Dios no es la misma. El apóstol no supo ni de este testimonio, ni de miles más. Diriamos a una misma voz “TODA GLORIA, HONRA Y HONOR SEA PARA DIOS”.

¡En memoria del Doctor Morris Cerullo!

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