En Estados Unidos “muchos cristianos viven bajo la bandera y no bajo la cruz”

Jonatán Soriano / Protestante Digital / Foto: Mick Haupt /

Más allá de una confrontación política, el movimiento de protestas también plantea un debate en torno al testimonio cristiano en el país.

Miles de personas arrodilladas y orando. Líderes y representantes de diferentes comunidades religiosas escribiendo artículos y llenando las redes sociales de comentarios de todo tipo. Medios de comunicación seculares reproduciendo partes de sermones y mensajes religiosos. E incluso, aunque interpretado como un gesto muy polémico, el presidente Donald Trump fotografiándose con la Biblia. Sin duda, la religión está siendo un elemento clave en el movimiento de protestas que se ha extendido por cientos de ciudades en los Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd.

Desde Europa, que experimenta un proceso de secularización más rápido e incisivo que el país norteamericano, donde más del 60% de la población sigue considerándose cristiana según los últimos datos publicados por Pew Research, algunas de estas imágenes han causado confusión o, simplemente, indiferencia. Sin embargo, es necesaria una aproximación para entender desde la distancia el contexto en el que se producen estas manifestaciones. 

De hecho, la problemática racial ha sido una realidad constante en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Si no hace falta más que retroceder unas décadas para encontrar a Rosa Parks desafiando las leyes de segregación en un autobús y a Martin Luther King proclamando su sueño de igualdad para todos, sorprende también que hace apenas unos días haya muerto, a los 90 años, Irene Triplett, la última ciudadana estadounidense que cobraba una pensión de la Guerra de Secesión, finalizada en 1865, y que tuvo como una de sus principales causas la cuestión de la esclavitud.

Existe el racismo en Estados Unidos

Son muchas las voces que consideran que el actual movimiento de protestas, a pesar de estar relacionado con las recientes muertes de Breonna Taylor, Ahmaud Arbery y George Floyd, es una alusión a un problema histórico del racismo y que ha seguido sobreviviendo con el paso de los años en Estados Unidos. “El problema del racismo es una conversación que está mucho más presente en el día a día de las personas”, explica Joel Maceiras, pastor evangélico que ha vivido durante años en Charlotte. “Los años que viví allí me enseñaron lo arraigada que aún está la segregación en la cultura estadounidense”, añade. 

“¿Qué hay detrás de la sociedad norteamericana que ha sido incapaz de solucionar el problema del racismo durante tantos años?”, se pregunta Dan Hollingsworth, misionero estadounidense afincado en España desde la década de 1990 y que viaja a su país de origen regularmente. “Es un tema serio, de una gran magnitud, porque no tiene que ver con la política ni las manifestaciones, sino con el corazón. Las manifestaciones acabarán y la política fallará una vez más, pero el sabio que habla de la condición del corazón humano encontrará una solución, y no solo para los Estados Unidos sino para su propia nación e incluso para sí mismo”, remarca.

Y es que la situación actual en Estados Unidos no solo recuerda la historia pasada del país, sino que incluso evoca lo complicada que ha sido la existencia de muchas minorías a lo largo de la historia de la humanidad. “Todas las culturas son capaces de enriquecer al conjunto humano, y todas son muy capaces de estropearlo. Alemania, que ha bendecido tanto a la historia y es un líder fuerte en el mundo actual, en su momento fue culpable de la muerte de millones de judíos. España merece todo el respeto por su contribución a la civilización global, pero los mismos historiadores españoles han confesado los abusos y maltratos de los indígenas en Latinoamérica a manos de los conquistadores. ¿Y qué decir de la historia del pueblo gitano? Estados Unidos ha hecho mucho por otros países, pero no tiene excusa por la exportación de violencia, inmoralidad y una arrogancia que ha ofendido a tantos”, señala Hollingsworth.

Todos esos ‘pasados históricos’ permanecen en los imaginarios actuales y conforman parte importante en la expresión de indignación generalizada, dice Emmanuel Buch, pastor evangélico que ha escrito sobre la ética bíblica. “No comparto en absoluto la opinión de muchos evangélicos en todo el mundo, más preocupados por supuestas confabulaciones secretas que por las injusticias que las multitudes denuncian. En muchos lugares del mundo subyace un malestar creciente por las desigualdades sociales, por el escándalo del hambre, de los refugiados, de las discriminaciones de todo tipo, de la violencia estructural. De vez en cuando una chispa prende ese malestar y lo hace visible”, puntualiza.

Un hombre carga con una bandera de Estados Unidos del revés durante una de las protestas en Grand Rapids./Amber Kipp, Unsplash CC.

Una cuestión moral, más que política

Las protestas se han dirigido a la Casa Blanca, en un intento simbólico por trasladar a la alta esfera política las demandas de una minoría que dice sentirse insegura y discriminada. “Una de las palabras que más se escucha estos días en relación a estas protestas es la de ‘privilegio’. Hay mucho que decir sobre esta palabra, pero una de las cosas que entra dentro de este concepto es la sensación de que te digan ‘no es para tanto’. La polarización ideológica y política está siendo un contexto perfecto para que surjan estas protestas. Trump es incendiario. Su lenguaje y retórica dividen, y su enfoque es puramente económico. Y eso crea un clima de reacción. No es una cuestión de ser de derechas o de izquierdas, sino de un liderazgo político claramente polarizante”, subraya Maceiras. 

Sin embargo, el objeto de la cuestión en sí que se reivindica, la dignidad igual de las personas independientemente de su condición física, requiere de un debate que traspase los pasillos de los edificios institucionales y que apele a las conciencias. “El mal tiene muchos rostros, la injusticia y la desigualdad también. Y se da en todos los países, en todos los grupos sociales”, recuerda Buch. 

A pesar de considerar que “la política es totalmente incapaz de solucionar los problemas”, Hollingsworth remarca la responsabilidad moral que corresponde precisamente a los mandatarios. “Respeto mucho a los líderes nacionales que han tenido palabras de calma, sabiendo que no se puede solucionar esto mientras sigan las amenazas y violencia. Desafortunadamente, ahora mismo hay políticos echando leña al fuego. Solo demuestran su inseguridad personal y no hacen nada más que agitar a la hoguera. El liderazgo de cualquier sociedad, en cualquier crisis debería tener suficiente madurez para responder en humildad: ‘soy culpable’. Es una frase útil en cualquier relación o tensión”, apunta. 

Por eso, señala Buch, “más allá de factores positivos como la educación o la búsqueda de igualdad, de paz con justicia, como cristiano sigo convencido que nada es más sanamente transformador que el Evangelio de Jesucristo, no en la mera proclamación de sus verdades, que en ocasiones sólo son ‘cadáveres proposicionales’, en palabras de Eugene Peterson, sino en su encarnación transformadora de vidas por el poder del Espíritu Santo”. “Nada más subversivo y radicalmente restaurador como los valores del reino de Dios asumidos con el riesgo necesario por los discípulos de Jesús”, asegura.

La muerte de George Floyd, ¿último episodio de una fe politizada?

De su etapa en Charlotte, que se encuentra en lo que se conoce como el ‘Bible Belt’, la zona más cristiana de Estados Unidos, Maceiras recuerda como una de las cosas más difíciles el hecho de “re-evangelizar a una cultura que se cree cristiana pero que no se parece al Jesús que leemos en la Biblia”. “Una de las cosas que más denuncian pastores prominentes como Derwin Gray, Brian Zanhd, Rich Villodas o Gregory Boyd, es que muchos cristianos viven bajo la religión del emperador, bajo la bandera y no bajo la cruz. A diferencia de lo que pueda pasar en países como España, en Estados Unidos, la palabra ‘evangélico’ tiene fuertes tintes políticos hasta tal punto que muchos de estos pastores rechazan identificarse con esa palabra. En muchos casos, la ética del cristiano no viene necesariamente de las buenas noticias de Jesús, sino de la religión del nacionalismo que usa la religión cristiana como pegamento, como elemento común unificador”, dice. 

Desde su perspectiva de estadounidense, Hollingsworth afirma que “sin la influencia evangélica la sociedad norteamericana caería en algo mucho peor” y que “la iglesia evangélica calma y equilibra una sociedad estropeada”. Aun así, también piensa que “la crisis ha desafiado a la iglesia evangélica, sobre todo a las que son más representativas de la comunidad anglosajona,” porque “los manifestantes han dicho que guardar silencio es ser cómplice, y la iglesia ha tenido que reconocer y arreglar su falta de apoyo a sus hermanos de la comunidad afroamericana”. “Hay muchos creyentes de verdad en Estados Unidos, así que preguntar sobre su influencia es legítimo. Y en los acontecimientos actuales, me alegro mucho de ver noticias de lideres evangélicos intentando calmar a la gente a la vez que apoyan y reiteran el valor de la vida de todos, sea cual sea su color”, añade. 

Para Buch, en Estados Unidos pasa lo que en España con el catolicismo, “la vida cotidiana de las personas muestra una y otra vez que el Evangelio no cala en los individuos o la sociedad misma por imposición”. “Ni leyes, reglamentos o policía pueden grabar en las entrañas de las personas la verdad vivida del Evangelio. Puede crear una apariencia, de hecho así sucede con cierta frecuencia, pero apenas es un barniz superficial que se disuelve con facilidad”, remarca. 

Por eso, considera como excesiva la búsqueda del tipo de influencia que ciertos sectores cristianos tratan de ejercer en las legislaciones nacionales. “En mi opinión, ponemos demasiadas expectativas como cristianos en influir en leyes y códigos sociales, establecer obligaciones y prohibiciones para todos los ciudadanos sin distinción. La experiencia histórica repetida mil veces y olvidada mil y una veces más es que es un esfuerzo vano. La influencia del Evangelio viene señalada en el propio Evangelio, a modo de levadura que fermenta la masa, testimonio que se ofrece y propone pero que no pretende imponerse”, recuerda.

“¿Es posible que aún se siga arrastrando una visión de la minoría negra como un objeto que puede ser comercializado? No lo sé. Pero no hace tanto que eso era una realidad”, considera Maceiras. “¿Qué puede ayudar a superar esta cuestión?”, se pregunta. “Parte de lo que estamos viendo. No se conversaría sobre algo que ya era una realidad importante antes del asesinato de George Floyd, si no fuese por lo que está pasando ahora”, dice con relación a las protestas. Y ante esta realidad, añade, “como pasa en muchos otros lugares, el cristianismo influye de manera general pero en muchos casos, lejos de influir, es usado para otros propósitos”. “Esa es una de las cosas que más resaltan mis amigos, blancos y negros, en Estados Unidos: que parte de la solución, que muchos quieren que sea solo política, pasa por aplicar el mensaje de Jesús a estas realidades sociales. Una persona que sigue a Jesús y no a la bandera, no puede tratar a otro ser humano como menos que humano, y no puede separar su fe en Jesús de su realidad social”, defiende.