El día de tu visitación

Evangelista: Rony Chaves /

“Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar.” Jeremías 29:10

Dios, querido lector, es un Dios de tiempos. Esto implica que Él planifica sus movimientos y sus estrategias en esta batalla espiritual de los siglos contra Satanás, nuestro enemigo.

El trato de Dios con los hombres y con los pueblos está igualmente diseñado por el arquitecto de los siglos. Aleluya.

 El Señor ha determinado cuándo visitará individualmente a sus hijos y cuando se manifestará a su pueblo.

“Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. (Génesis 21:1).

El trato de Dios con los hombres y las naciones está regulado por Él. El mover del Espíritu Santo está determinado por la palabra profética emanada del trono divino.

Hay tiempos de refrigerio determinados por Dios.

Hay tiempos o días de restitución.

Hay días o tiempos de restauración, hay tiempos específicos de visitación de Dios.

“Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo. (Lucas 1:68).

Al paso de los años y los siglos, el Señor ha visitado las naciones del mundo. A unas para bendición, por su hambre de Cristo y a otras para maldición, por su odio del evangelio y al pueblo escogido de Dios. Según el anhelo de los pueblos por Cristo, así Dios les ha respondido su clamor.

“Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre.” (Hechos 15:14).

Dios es un Dios de tiempos. Su palabra nos da claros ejemplos de ello: sometió a Israel por 40 años en el desierto, le anunció a Abraham que su descendencia moraría en tierra extraña y sería oprimida y esclavizada por 400 años.

 Él le anunció a Israel por sus profetas, que estarían cautivos en Babilonia por espacio de 70 años.

Él es un Dios que controla claramente los tiempos de los hombres.

Él pone límites a los imperios y a los reinos.

Él señala la duración del gobierno de los reyes y de los emperadores.

Él es el Dios eterno, quien controla los tiempos y los eventos sobre toda la tierra. 

“Y les dijo: No os toca a vosotros saberlos tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad.” (Hechos 1:7).

Dios ha visitado las naciones del mundo en repetidas ocasiones. De una u otra forma Él lo ha anunciado.

En la Era Moderna, Él visitó Jerusalén, Judea, Samaria y el Asia Menor.

Pasados los años llevó su evangelio a Roma y España.

Pasado un milenio de la muerte de Cristo, visitó la Europa Central usando a Lutero, Calvino y Zwinglio. Alemania, Suiza y Holanda recibieron la manifestación gloriosa del Espíritu Santo.

Uno o dos siglos después, Inglaterra, Irlanda y Escocia recibieron una nueva ola del mover divino.

Estados Unidos es impactado por la gloria de Dios a finales del siglo XIX y a los inicios del siglo XX.

Con el avance de las comunicaciones emerge, de la gran visitación divina para los anglosajones, un extraordinario movimiento misionero que lleva la luz del evangelio a todo rincón de Hispanoamérica.

A mediados del siglo XX, África y Asia fueron visitados por Dios.

 Indonesia, Filipinas, Java y otras naciones del área recibieron el manto apostólico del ministerio del Cristo viviente.

Para la hora en que escribo, muchas naciones del continente africano están experimentando su gran avivamiento por el Espíritu Santo. Vimos con gozo caer las murallas de la Europa Oriental y la Rusia Soviética.   

El fuego divino ha comenzado a encender los corazones sedientos de las naciones socialistas.

Dios es un Dios de tiempos. Lo más importante en estos moveres divinos es que podamos entender que Él nos está visitando con el poder del Espíritu Santo.

En los días del cautiverio judío, Daniel lo entendía y se dejó usar en su tiempo como un instrumento en las manos divinas, para infundir aliento a su pueblo.

“En el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego en ayuno, cilicio y ceniza.” (Daniel 9:2,3).

¡Bienaventurado el hombre que discierne la visitación de Dios para su pueblo y lo prepara para recibirla!